Antes de regresar a Berlín, por Teresa Olalla



Tras la incineración los dos hermanos fueron a casa de sus padres. Debían llevar la ropa de su madre a la parroquia siguiendo su deseo, y recoger algunos recuerdos antes de que Roberto regresara a Berlín.

Al abrir la puerta, les inundó el olor a medicinas que ocultaba casi por completo el del ambientador de rosas que ella siempre utilizó. Roberto sintió como se le ponía la piel de gallina. Mario, con actitud indolente, se sentó en el sillón del salón con pereza.

-Deberíamos comenzar por el dormitorio.

-Empieza tú, yo no tengo prisa.

-¿Y si cojo algo que tú también quieres?

Mario ni siquiera miró a su hermano menor.

Al llegar al dormitorio miró con desagrado la cama médica en la que su madre había pasado sus últimos años de vida. En la mesilla todavía quedaban un sin fin de medicamentos perfectamente ordenados según la hora de toma. Su padre siempre fue tremendamente meticuloso. Dio una patada sin querer a un paquete de pañales para adultos, los apartó para donarlos también.

De lo alto del armario bajó una maleta tan grande como vieja. Comenzó a guardar la ropa que hacía años que su madre no utilizaba. Estaba prácticamente nueva. Esos conjuntos fueron cambiados por cómodos camisones. Abrió el cajón de la ropa interior. Sintiendo pudor al ver los sujetadores y bragas, los cogió tratando de no prestarles atención.

En la cómoda, al fondo del primer cajón había un joyero. Lo sacó y lo dejó encima de la cama para verlo más tarde con Mario, aunque serían sus respectivas mujeres las que hicieran el reparto de su contenido.

Cuando fue a cerrar el cajón un sobre blanco llamó su atención. Sacó de él una lámina de un reloj de números romanos con los signos del zodiaco y unos folios grapados. Sentado en la cama comenzó a leerlos.

En la primera página aparecía el nombre completo de su madre, con la fecha y hora de su nacimiento.

Párrafo tras párrafo leyó el signo zodiacal y sus características, así como las de su ascendente y su signo solar. Conceptos incomprensibles para Roberto. Aunque sí reconocía los rasgos de su madre en esas palabras. Esa madre de su infancia y adolescencia, siempre alegre aunque con carácter fuerte, creativa, activa y amorosa. Daba vagas indicaciones de cómo sería su vida sentimental y laboral por sus características astrales.

Roberto se sintió invadido por una extraña sensación. Dudó si la madre que él recordaba había basado su vida en las indicaciones de esas hojas o bien se había cumplido mágicamente cada consejo descrito. Por lo pronto pensó que era una estupidez y dejó el sobre encima de la cómoda.

Comenzó a revisar cada medicamente. No tenía muy claro qué deberían hacer con ellos. Preguntar en una farmacia parecía lo más lógico. Fue al salón en busca de su hermano.

-Mario, ¿por qué no bajas a la farmacia de Don Julio y preguntas qué hacemos con todas las medicinas de mamá?

-Lo podría haber hecho papá.

Roberto sintió el rencor de su hermano.

-Algunas deben ser caras quizás se puedan donar y ayudar…

-Que caritativos sois.

Su hermano cerró de un portazo.

De nuevo en el pasillo vio que la puerta de su habitación estaba cerrada. La abrió. Esperaba encontrarla exactamente igual que cuando era un adolescente, con sus posters de jugadores de baloncesto. Para su sorpresa su padre la había transformado en un despacho. En el escritorio encontró junto a una foto de sus padres siendo novios una compilación de encuadernaciones sobre la enfermedad de su madre. Parecía que su padre hubiera hecho un máster. Apenas pudo contener las lágrimas imaginando a su padre haciendo un investigación, quizás buscando un milagro para curarla. Tomó la foto y acarició la cara de su madre a través del cristal como si así pudiera tocarla una vez más. La besó deseando que fuera ella quien lo hiciera para consolarle.

Se secó la cara, absorbió los mocos como un niño pequeño mientras regresaba al pasillo. Decidió detenerse en el dormitorio de Mario que ahora pertenecía a su padre. Perfectamente ordenado, con la cama pulcramente hecha y el pijama doblado a los pies parecía que regresaría a dormir.

De nuevo en el dormitorio de su madre, cerró la maleta tras guardar un par de juegos de sábanas. Sentía que le faltaba el aire. Abrió las ventanas y respiró hondo. Al girarse observó las hojas de la carta astral en el suelo. Las recogió y las releyó. Le hubiera gustado encontrar en esas líneas la premonición de la enfermedad. Quizás así hubiera tomado la decisión de terminar con su vida mientras fuese autónoma evitando así que su marido, desesperado, terminase en un calabozo por poner fin a los terribles dolores que ella padecía.

0 vistas

MENTORÍA PARA ESCRITORES © 2019