Apogeo y extinción, por Alex Casas



Soy el último de mi extirpe. Mi resistencia a desaparecer y la evocación frágil de algún nostálgico me ha permitido aguantar a duras penas hasta este momento. Después de mi no quedará nada. En pocos minutos desapareceré y todo lo que fuimos entrará en esa maquinaria de tiempo y olvido que es la memoria de los hombres.

Los griegos fueron los primeros en hacernos un esbozo. El único consenso fue darnos el nombre de la Diosa Selene, por todo lo demás y como a cualquier otra especie inventada, nuestro aspecto sufrió una sucesión de transformaciones a cada cual más disparatada. Enanos sin orejas, gigantes asexuados, murciélagos humanoides, seres antropomórficos cuyas crías se gestaban en la rodilla. El festival cambiante de nuestro aspecto no nos acababa de definir, pero eso no nos impedía ser.

Así nos lo han transmitido, generación tras generación, desde la primera de nuestras voces, toda nuestra historia. Y sin duda, la primera época fue una auténtica locura. Era una primitiva fantasía sin nada que la precediera, podía extenderse sin límite ni control alguno. Era imposible no caer en lo increíble.

Con el paso de los siglos y acarreando una inestabilidad crónica, muchos entre nosotros creyeron que íbamos a desaparecer. Pero casi siempre, cuando un humano contemplaba el cielo de noche, tarde o temprano acababa por recrearnos encima o debajo de esta superficie oscura y brillante a la vez. Siempre lográbamos permanecer.

Todo cambió prácticamente de la noche a la mañana, nuestra consolidación llegó cuando los autores cogieron a la tambaleante imaginación y la fijaron a través de la ficción en sus libros. Cyrano de Bergerac sentenció que nos alimentábamos de aromas y por primera vez pudimos comer. Estableció que la sabiduría se alcanzaba a una edad muy temprana y la siguiente generación sustituyó el dinero por versos. Fue la primera piedra de nuestra increíble civilización.

Cuando el escritor Rudolf Erich Raspe, escribió en su libro “Las aventuras del barón de Münchausen”, en el que detallaba que los habitantes de la luna cuando envejecemos, no morimos, sino que nos desvanecemos y desaparecemos entre humo. Nos pareció una invención tan elegante y hermosa que la establecimos como nuestra única forma de irnos.

La misma creatividad que creo nuestros palacios de cristal, ciudades subterráneas, espaldas aladas y una inteligencia que estaba a punto de descifrar el todo, asestó el primer golpe de lo que acabó por desbaratar todo nuestro imperio.

En “La incomparable aventura de un tal Hans Pfaal” Edgar Allan Poe describía la llegada de un hombre a la luna con un revolucionario globo. Luego le siguió Julio Verne con su “De la tierra a la luna”. El germen de un viaje hasta la luna se había instalado en el imaginario de la humanidad. Sin duda estábamos sentenciados.

El final del siglo XIX inició la cuenta atrás que hoy me despide. Un astrónomo italiano

publicó un mapa de la superficie de Marte tras largas observaciones a través de un telescopio. En el dibujaba unas líneas rectas que conectaban distintos puntos del planeta rojo. Los defectos de las lentes, algo de delirio y una mala traducción al inglés convirtió estructuras naturales en canales artificiales. Científicos, autores, medios de comunicación redirigieron su atención. La mirada del mundo empezó a interesarse por Marte y sus habitantes.

De la noche a la mañana dejamos de ser los únicos extraterrestres en el cielo espacial.

Fuimos los pioneros de la ciencia ficción en sus orígenes y en la explosión del genero fue donde los marcianos lo abarcaron todo, pasamos a ser mitos descatalogados. Nos sostenían los humanos más viejos enredados en sus recuerdos de infancia, algunas películas mudas en blanco y negro y las páginas donde debíamos persistir para siempre, amarilleaban y eran devoradas por ratones y la humedad.

Pronto dejamos de reproducirnos. Las construcciones que nos daban cobijo se desvanecieron paulatinamente. Nuestros cuerpos empezaron a transparentar.

Soledad, distancia y vacío.

Uno a uno, los habitantes de la luna, con la suma de los años, sucumbieron y se transformaron en sus propias ausencias.

Hoy, 20 de julio de 1969 en el tiempo de los humanos, soy el último habitante imaginado que queda en la luna, ya casi nadie nos evoca.

Permanezco contemplando la tierra, despidiéndome de tanta belleza flotando en la oscuridad. Viendo como ese punto que me manda se agranda cada vez más, acercándose a mi posición. La primera nave espacial tripulada alunizará en los próximos minutos. En cuanto ese astronauta de el primer pequeño paso en la luna, certificará la evidencia definitiva de nuestra inexistencia.

Y como todos los míos, me desvaneceré y desapareceré entre humo.

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