Belhor, por Teresa Olalla





—Primero le leeré sus derechos. Tiene der…

—No es necesario, he venido a confesar. No quiero abogado.

—Así que ha venido a confesar… Bien, comencemos por el principio. Dígame su nombre y apellidos.

—Mi nombre es Belial, con B, o si lo prefiere Belhor, Baalial, Beliar, Beliall, Beliar, Berial, Beliel o Bhejo

El inspector miró con pereza al hombre que se había presentado en comisaría cuando faltaba una hora para finalizar su turno, a esas horas hay cosas que no le hacían gracia.

—Be-li-al —dijo mientras escribía. —Apellidos, por favor.

—No tengo. —sonrió

El inspector suspiro y le pidió que le entregara el D.N.I., no iba a discutir con él.

—Se lo he dejado a una señorita muy atractiva en la entrada.

Al inspector Ramón Valle le resultó extraño que Eva no le hubiera devuelto el documento, pero todo podía ser esa noche.

—Fecha y lugar de nacimiento tendrá.

—Soy más antiguo que La Tierra y mi patria no tiene nombre. Creo que ustedes lo llaman firmamento, cielo e incluso paraíso. Ya le advierto que no tiene nada de interesante, ahora, mi residencia habitual es mucho más divertida.

Entró una agente para entregarle una nota:

Belial: ángel caído, poderoso demonio que representa la autosuficiencia, la realización personal y es considerado el demonio de la sodomía.”

—Dile a Eva que traiga el D.N.I del caballero, por favor.

—Disculpe, inspector, Eva se acaba de marchar. —La policía no dejaba de mirar al hombre con sonrisa bobalicona.

—Mire en el puesto, a ver si está. ¡Vamos!

—Ahora mismo.

La agente se dirigió a la puerta.

—Un placer conocerla, Magdalena. —Esta se giró sorprendida, con una amplia sonrisa y ruborizada.

El inspector Valle cerró los ojos, se apretó los párpados con los pulgares tratando de aliviar la incipiente jaqueca que aquel tipo le estaba provocando. Respiró hondo, quería acabar aquel interrogatorio rápido para llegar a casa antes de que su hija se marchara a la universidad.

—Comencemos con la confesión. Dígame, ¿qué delito ha cometido?

El tipo se reclinó en la silla, sonrió con confianza y respiró despacio.

—Todos.

“Lo que me faltaba, el pirado de turno que se cree el demonio y quiere auto inculparse de los crímenes de la humanidad”. A Ramón le comenzaba a cabrear ese hombre delgado, sin una gota de grasa y abdominales seguramente marcados, de rostro anguloso que conocía el nombre de pila de la agente Ramírez y la había excitado con solo mirarla. Miró su reloj, llevaban media hora en la sala de interrogatorios y todavía no había sacado nada en claro.

—¿Todos? Quizás debería ir a confesarse a una iglesia. —dijo socarrón.

El tipo se revolvió en la silla, colocó su pelo rubio y ondulado con los dedos y cambió su gesto.

—No se me tiene permitido. —se cruzó de brazos. —No soy bien recibido en la casa del Señor.

“Realmente se cree satanás”.

—Será más fácil comenzar por el final, ¿por qué no me dice cuál ha sido su último delito?

—Me parece correcto, siendo usted inspector de homicidios comenzaré por ahí. Antes que nada, quisiera disculparme por lo de Lola.

Al escuchar el nombre de su hija el inspector levantó la vista de la hoja en la que había comenzado a hacer dibujos.

—¿Cómo ha dicho?

—Vaya, ¿no se lo han comunicado todavía?

Ramón sintió una puñalada en el corazón, la respiración se le entrecortó y comenzó a sudar más de lo habitual. Se levantó tan rápido que tiró la silla al suelo y dando un portazo salió de la sala. Nadie le había visto correr tan aprisa.

Del cajón de su escritorio sacó el móvil. No había mensajes en el buzón ni wasaps. Llamó al móvil de su hija. Apagado o fuera de cobertura. El fijo daba señal, pero no contestaba. “Quizás esté en la ducha”. Miró sus redes sociales, no había actualizaciones desde la noche anterior en la que compartió un selfi estudiando.

—¡Ramírez, envía una patrulla a mi casa ahora mismo!

—¿Qué ha pasado?

Ramón no contestó, fue a la sala de interrogatorios más rápido de lo que había salido de ella. Abrió la puerta bruscamente. Ahí estaba él, sonriendo complacido. Lo agarró de la pechera y lo levantó.

—¿Qué demonios le has hecho a mi hija? —el tipo comenzó a reír.

Ramón vio reflejado en los ojos verdes del tipo al sanitario asesino de mujeres degollando a una joven de aspecto asiático, a su propia compañera asesinando a un hombre y a su amante, a un hombre horrible atropellando a una adolescente, a un maestro violando a su alumna, a una mujer estrangulando con sus muslos a un señor, vio al novio de su hija golpearla hasta matarla y se vio a sí mismo ahogando al tipo atractivo de pelo rubio y ondulado.

—¿Ves? Soy culpable de todo.

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