Blue Room, por Alex Casas


Las primeras lágrimas fueron una mezcla de dolor y mocos, la respuesta a la impactante bienvenida a este mundo. De un ambiente cálido, tenue y seguro, súbitamente te desplazan a uno frío, luminoso y desconocido.

La incertidumbre inauguraba una relación con el estrés de por vida.

Estas lágrimas primerizas, fueron las que primero tocaron el suelo.

Durante sus primeros meses, el llanto, era el único medio de comunicación realmente efectivo. Hambre, sed, reclamos de atención, “me he cagado y nadie se ha dado cuenta”. Todo se traducía en un llanto prolongado hasta que sus progenitores lograban dar con la molestia y la remediaban.

El agua alcanzó el primer dedo de altura en la habitación al final de este periodo, cuando las palabras empezaron a brotar torpemente por su boca, y un simple sí o no facilitaba las cosas.

Las pequeñas dificultades cotidianas de la niñez contribuyeron al encharcamiento de su estancia. Tragedias como cuando descabezó sin querer a su muñeca favorita, o cuando esa bola de helado de chocolate, mal ajustada a su cono, aterrizó en el vestido de fiesta de su primera comunión. Fueron tributos lacrimógenos altamente justificados, pero la intermitencia de los dramas no significó una gran aportación.

Desde los ocho años hasta los catorce apenas surgieron lágrimas. Se había convertido en una chica tímida que le costaba socializar. Soledad. Pocas palabras. Mucha lectura. Sus padres esperaban que su carácter reservado desapareciera con los años. Si así fuera, los primeros calores de la adolescencia acabarían por evaporar un nivel de agua, que a duras penas, le sobrepasaba los tobillos.

Todo cambió al llegar al instituto. No tuvo ni una sola oportunidad. El grupo la condenó nada más verla llegar. La renombraron con un feo apodo. Luego llegaron los insultos y las risas a sus espaldas. Todo fue de mal en peor, hasta el día en que un empujón preciso la mandó escaleras abajo y luego al hospital, donde le escayolaron un brazo. En ese punto, la masa acosadora pareció percibir que había cruzado alguna línea infranqueable de su particular moral. A partir de allí, abandonaron el hostigamiento para relegarla a un destierro existencial. La ignoraron por el resto de su formación.

Toda esa angustia llorada en silencio en los lavabos del centro, gota a gota, subió hasta tocar sus caderas. Toda esa agua difícilmente podría evaporarse.

Ricardo le llenó el corazón de aliento y felicidad, para luego rompérselo con la precisión funesta de los amantes que te cambian por tu mejor amiga. Las dos traiciones pugnaron entre sí para ver cual era la más dañina a largo plazo.

Ese mar de lágrimas derramadas, que ascendieron hasta la altura del pecho, mezclados con unos suspiros insondables, provocaron la primera tormenta en el cuarto. La exhalación lamentosa que se generó en un rincón alcanzo la categoría de tormenta tropical al otro lado de la estancia.

Este suceso inauguró una meteorología variable que la acompañó hasta el final de sus días. Comprendió que no podía perder más líquido sin ponerse en serio riesgo. Aprendió a reprimir sus emociones y a fingir más alegría de la que verdaderamente era capaz de sentir. Abandonó la idea de amar y ser amada. Evitaría así cualquier riesgo sentimental.

A veces lograba esquivar la tristeza y así lograba evaporar una parte de agua. Pero al día siguiente caía en un estado tal de melancolía, que empezaba a llover con fuerza en la habitación, y el agua volvía irremediablemente al caldo en el que flotaba. Su propia climatología emocional la sometía sin remedio.

Nunca hacía buen tiempo dentro de ella.

El pasado diciembre, tras el entierro de su madre, lloró desatadamente. Ya no quiso retener nada más. Lloró todo lo que no se había permitido hasta inundar la habitación.

Un gran volumen de agua empezó a girar sobre sí mismo.

El remolino la succionó hasta el fondo.

0 vistas

MENTORÍA PARA ESCRITORES © 2019