El camino de regreso a la felicidad, por Lola Pena




Con paso lento, arrastrando un poco los pies al caminar sobre la pasarela de madera que sobresalía de entre las nubes, Alberto había logrado, por fin, acercarse a la luz que indicaba el lugar por el que se entraba al paraíso. Un hombre de cabellos largos y barba grisácea, con una túnica blanca que le cubría por completo y una enorme llave sujeta entre sus manos, comenzó a aproximarse, lo que le permitió perfilarlo mejor. El mismo San Pedro, guardián de las puertas del cielo, había ido a recibirlo en persona. Se alegró de ser merecedor de semejante honor.

—Llega usted tarde —dijo San Pedro regañando a Alberto.

—Perdone, pero no sabía que tuviera una hora asignada para entrar en el paraíso. Verá usted, es que es la primera vez que me muero y desconozco las normas —se justificó Alberto—. Además no ha sido nada fácil llegar hasta aquí. Podrían tener esto un poco más señalizado, que casi me pierdo.

—Los caminos del Señor son inescrutables —replicó el santo—. El que tiene que llegar encuentra siempre el sendero a seguir.

Hacía un par de días que la muerte había agarrado a Alberto de improviso camino de la partida de mus que todas las tardes jugaba en el hogar del jubilado del pueblo. Su corazón de noventa y cuatro años no pudo resistir el infarto fulminante con el que le atacó. Para enterrarle le habían puesto sus mejores galas: el traje de pana marrón y la boina negra de ir a misa los domingos. Con la espalda encorvada, cansado del largo trayecto que llevaba andado, se apoyó en el bastón de caña que sujetaba con la mano derecha. Era el último regalo que había recibido de Antonia, su esposa, poco antes de dejarlo solo en una casa ahora demasiado grande, con demasiados silencios desde que su voz cantarina se había callado para siempre.

—Antes de dejarle entrar tengo que hacerle unas preguntas —demandó San Pedro—. Son mera rutina, para evitar equívocos de última hora.

—Usted dirá...

—Su nombre completo es Alberto Ruiz de Castro, natural de Villamenor, viudo de Antonia Balbuena Fonseca.

—Correcto. Oiga, no se le escapa una... —Alberto sonrió agitando la cabeza hacia arriba y hacia abajo para afirmar.

—Murió hace dos días a causa de un infarto que le paró el corazón.

Alberto se quedó mirando hacia San Pedro con el rostro serio, sin ganas de más bromas, antes de seguir hablando.

—Hace dos días que mi cuerpo físico murió, eso es correcto, de un infarto, también es correcto, pero...—Alberto dejó de hablar unos segundos. Dentro de la cabeza sus sentimientos se agitaban nerviosos deseando explotar fuera de ella—... pero, mi corazón, y con él mi alma, hace años que me abandonaron.

—Eso no es posible, hubiera llegado usted aquí antes.

—Lo que yo le diga... —replicó Alberto—; llevo tiempo vagando entre el mundo de los vivos y los muertos buscando a mi Antonia. ¿Tal vez la tienen ustedes ahí dentro, y, por eso no he dado todavía con ella?

—Espere aquí un momento...

San Pedro entreabrió la puerta del cielo con su llave, cruzó el umbral y dejó a Alberto plantado como un estúpido espantapájaros inmóvil frente a la entrada cerrada otra vez, esperando su regreso.

—¿Y bien? —preguntó Alberto al ver aparecer de nuevo a San Pedro por la puerta— ¿La tienen o no la tienen ahí dentro?

—Siento decirle que su esposa nunca estuvo aquí.

—¿Cómo? Eso es imposible. Antonia era muy buena y amorosa conmigo.

Fue en ese momento cuando San Pedro comenzó a explicarle a Alberto la verdad sobre su mujer, una verdad que ella había logrado ocultarle durante toda su vida juntos. Entre sus supuestas virtudes estaban el ser meticona, entremetiéndose donde nadie la llamaba; cotilla, amiga de chismes y mentiras; celestina, concertando relaciones amorosas prohibidas entre los vecinos del pueblo; y, ladrona, robando de los cepillos de la iglesia siempre que le apetecía.

—Como comprenderá —terminó de explicar San Pedro—, con semejante curriculum, su mujer fue directa para el infierno. Ni pasando por el purgatorio habríamos logrado purificar su alma; imposible dejarla entrar en el cielo.

Alberto apretaba las mandíbulas sujetando todos los insultos e improperios que querían salir por su boca. Con la mirada puesta en la entrada cerrada hacía escasos minutos por San Pedro, desencajó la empuñadura del bastón que le sirvió de apoyo durante aquel tiempo de charla y estirando el brazo dejó a la vista el estoque que había dentro de la caña. Entonces apartó de un empujón a San Pedro dejándolo tirado sobre la pasarela de madera que sobresalía de entre las nubes y comenzó a asestar puñaladas con el acero sobre la puerta con la esperanza de que aquel fuera el camino de regreso más rápido y corto a los brazos de Antonia.

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