El día de la croqueta, por Alex Casas.



Cuando su mujer le dejó un plato con ocho croquetas de cocido estaba tan enfrascado en sus experimentos que ni siquiera se dio cuenta de su presencia. Ella, que en otras veces hubiera intentado una conversación, repitió como cada vez que accede al sótano de la vivienda, reconvertido en laboratorio, el mismo procedimiento: entrar, dejar el plato, recoger el plato sucio y salir. Él, sabía perfectamente que no le había dado otra opción que la soledad a su lado. Los hijos ya crecidos partieron hacia sus propias vidas y sus constantes ausencias la obligaron a buscar refugio en la lectura y otras aficiones individuales. Para su suerte ya no le reprochaba su obsesión, parecía finalmente cómoda con su soledad. Aún se acuerda de sus gritos por la casa el día que empezó con su afición: “¿En serio?¿Alquimia?”

Allí estaba él, en el sótano de su vivienda, como cada día después del trabajo y todos los fines de semana. Se dio la vuelta para agarrar unos tubos de ensayo cuando descubrió el plato de croquetas. Se llevó una a la boca. Estaba fría. Siguió experimentando y comiendo a la vez. En eso que al morder una croqueta se le escapó un trozo, que aterrizó en la olla de cobre donde estaba dando vueltas a una solución. Metió la mano en el líquido para rescatar el pedazo y cuando el reloj que llevaba en la muñeca se sumergió se produjo una tremenda explosión.

Su mujer bajó asustada con un extintor en la mano lanzando chorros de espuma indiscriminadamente por todas direcciones, había llenado la casa de ellos para la ocasión que al fin había llegado. Él, atónito por lo ocurrido, pensaba que la mezcla no era en principio volátil. Y de repente, al pensar que le gustaría ir hacia atrás para comprobar que había ocurrido, lo que le rodeaba se aceleró súbitamente y como en una película rebobinada todo fue para atrás. Su mujer subía las escaleras de espaldas, la explosión se comprimía y le llevaba al instante en que estaba frente a la olla comiendo una croqueta. Solo verse a si mismo le produjo tal impresión que le devolvió instantáneamente al presente.

No podía creer lo que le estaba pasando. ¿Había viajado al pasado o era una alucinación post traumática? Debía comprobarlo, su afán de experimentar no conocía descanso. Pensó en la revolución francesa y apareció allí. Pensó en la Barcelona modernista y apareció allí. Pensó en la era de los dinosaurios y cuando apareció allí casi lo devoran. Cuando volvió a su presente decidió que era hora de ir a dormir. Viajar tanto agota.

A la mañana siguiente mientras desayunaba con su mujer, que no salía de su asombro de verlo ahí, pensaba que la croqueta era el elemento clave en la formula para viajar en el tiempo. Al fin, tras dos mil quinientos años de Alquimia sin ningún resultado relevante, él había conseguido crear una poción para viajar en el tiempo.

Pasó tiempo intentando repetir la formula, poción, croqueta, mano. No había manera ya que el reloj no estaba. Se rompió en la explosión. No conocía este elemento que completaba la fórmula.

Se consolaba viajando hacia cualquier lugar de la historia. Pero la frustración no paraba de crecer. Era un viajero en el tiempo y no sabía como lo había conseguido. Hasta que se le ocurrió viajar al futuro, para ver si con la tecnología que allí encontraría le permitiría hacerse con la auténtica formula.

Pero como el futuro no pudo imaginarlo, como sí pudo con todos los destinos del pasado, cuando pego el salto hacia adelante todo el sistema se volvió un caos. De repente estaba subido a la flecha del tiempo que giraba dando bandazos como el toro mecánico de una feria controlado por un sádico. Avanzaba y retrocedía por la línea del tiempo sin parar en ningún suceso de la historia. El tiempo a su alrededor empezó a derrumbarse. Cuando todo colapsó encima suyo se despertó de nuevo en su sótano en el día de la croqueta.

Allí estaba también su otro él. Intentó viajar de nuevo en el tiempo pero ya no sucedía nada. Su poder se había desvanecido. Se escondió rápidamente en un rincón. La explosión sucedió de nuevo. Su mujer bajó con el extintor y todo el proceso se repitió de nuevo, hacia atrás, hacia delante y en cada salto aparecía otro él. Estaban atrapados en un bucle sin final donde a cada salto se llenaba el sótano con una copia suya más. Cuando el número de réplicas supero la cantidad de croquetas empezaron las primeras peleas. Ante la imposibilidad de detener semejante despropósito salió huyendo del laboratorio. Lo cerró con llave y le preguntó a su mujer: “¿Cuántas croquetas eres capaz de hacer?”

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