El pacto, por Lola Pena




La música de la orquesta danzaba junto con la del violín solista embelleciendo más su sonido, hasta que, bajo la atenta mirada del director, todos los instrumentos callaron dejando que la interpretación de Sara Arteaga reinara en todo el auditorio. Después de varios años dando tumbos por el mundo llevando su música hasta el último rincón del planeta se había ganado el derecho a actuar en los mejores teatros. Su virtuosismo la convirtió en poco tiempo en una de las mejores violinistas del panorama musical. Cientos de ojos se posaron sobre ella una vez más. Entonces cerró los suyos y dejó que la melodía le acariciara el cuerpo sin pudor. Una cálida luz incidía directamente sobre la esbelta figura compuesta por el violín y la mujer que se cimbreaba al ritmo que marcaba el arco sobre las cuerdas.

Pero toda aquella armonía se rompió de repente cuando el timbre de llamada de un móvil surgió del fondo oscuro de la platea. Sara apretó sus ojos todo cuanto pudo intentando no perder la concentración, no oír el ruido que distorsionaba su interpretación. Uno, dos, tres pitidos se mezclaron con su música hasta que el ruido desapareció.

Las notas musicales continuaron sonando. Su belleza hizo que en pocos segundos Sara fuera capaz de relajar el rostro y la tensión de sus hombros. Necesitaba recomponerse a aquella interrupción, encontrar de nuevo la paz con la que había comenzado la actuación. Pero pasados un par de minutos el móvil volvió a sonar. Al primer toque del teléfono, el arco se le escapó de las manos y produjo un chirrido sobre las cuerdas del instrumento que ensordeció al público. Toda su actuación tirada por la borda por culpa de un irresponsable y su móvil. Daban igual los años sacrificados, el duro trabajo realizado, lo que le había costado llegar adonde ahora estaba... todo se había ido a la mierda...

La iluminación del teatro se encendió. Poco a poco Sara se atrevió a levantar la cabeza aunque mantenía los brazos alicaídos a lo largo de su cuerpo cada vez más diminuto. La admiración de los cientos de ojos que la observaban se había transmutado en lástima. El director de la orquesta se acercó a ella y le susurró algo al oído. Tan solo pudo sonreírle con una mueca triste. La gente situada cerca del dueño del móvil le observaba sin ningún disimulo. Entonces Sara bajó del escenario, anduvo hasta el lugar en el que estaba sentado, y, sin decirle nada, extendió una mano hacia él como pidiéndole que le entregara el teléfono. El hombre se enderezó en su asiento, levantó el rostro y miró desafiante a Sara. Ella sintió como si el corazón se le parara al verlo. Su respiración entrecortada no dejaba que el oxígeno le llegara bien a los pulmones. El hombre sonrió al notar la reacción de Sara ante su presencia. Después le sujetó con delicadeza la mano paralizada que había quedado suspendida en el aire y se la besó. Acto seguido se levantó del asiento y salió corriendo del auditorio sin que nadie lograra detenerlo al tiempo que lanzaba una sonora carcajada.

Al día siguiente todos los periódicos hablaban de lo mismo en su sección de cultura. Los críticos elogiaban la interpretación de Sara Arteaga al principio de la actuación, la disculpaban por no ser capaz de continuar tocando con la misma calidad tras las repetidas interrupciones de uno de los asistentes al concierto y lanzaban duras palabras al malnacido que lo había hecho. Nadie sabía de quién se trataba. Las cámaras de seguridad no habían logrado grabarle en su huida. Sin pruebas no podrían atraparle.

Al llegar la noche, pocos minutos antes de comenzar el siguiente concierto, Sara esperaba en su camerino la señal del regidor para su salida al escenario. Aquellos momentos siempre los dedicaba a repasar muy concentrada la partitura que iba a interpretar. En eso estaba cuando le pareció volver a oír un móvil sonando del otro lado de su puerta. Los mismos tres pitidos que la noche anterior y de nuevo el silencio. Con la partitura todavía en la mano, se levantó y abrió corriendo. Allí no había nadie; solo un pasillo iluminado y vacío. Salió del camerino hacia la derecha y caminó hasta que llegó a la salida que daba al callejón por el que se iban los artistas. Puso la mano sobre la manilla e intentó abrirla pero sin éxito.

Los pitidos del móvil volvieron a sonar. Ahora venían del interior de su camerino. Necesitaba más tiempo pero se le estaba acabando. Tendría que cumplir con lo pactado hacía quince años. Él siempre cobraba sus deudas. Su alma a cambio de virtuosismo y fama. Al llegar al camerino vio como el aparato retumbaba encima del mueble que había bajo el espejo. Sara fue a contestar la llamada pero, en el último segundo, se quedó petrificada al descubrir al hombre de la noche anterior reflejado en el espejo.

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