«El plato, mejor frío», por Nuria Montejano




Los civiles prestan atención a las noticias. Hacen de tripas corazón, pues llevan una vida de miseria, sufrimiento, envidia y odio. Entre el caos y la incertidumbre, tienen la esperanza de que no les ocurra lo que ven en la pantalla. Sumidos en una ilusoria rutina, ignoran que su futuro pende de un hilo del que no son dueños.

Eduardo, por el contrario, sabe demasiado. Frente al televisor del motel, contempla las imágenes de los bombardeos. Como un muñeco automatizado, se lleva cucharadas de la fría sopa a la boca. La mitad cae al plato y ensucia una crecida barba de por sí casposa; ¿quién lo reconocería ahora?

Cuando termina, apaga la caja parlante y los atronadores sonidos de la guerra se extinguen. Se sienta en el sofá y solo mira a la pared.

Acostumbrado al silencio, se camufla en él. Enciende un cigarro y observa el maletín del rincón. Luego le da una gran calada, cierra los ojos y traga el humo como si atrapara los anhelos.

Imagina esas frágiles manos en sus hombros cansados, la forma de anudarle la corbata antes de marcharse, el «¿Cómo ha ido el día?» tras cruzar la puerta; aquella forzada, pero igualmente bella sonrisa tras una larga jornada con los niños… Una fatiga que él trataba de compensarle con afecto y promesas.

Por supuesto, Eduardo conocía los riesgos de su trabajo, pero no podía contarle nada a Irene; tampoco hubiera querido hacerlo. ¿Acaso habría cambiado algo?

Abre los ojos y expulsa el humo por la nariz. Le reconforta un poco pensar que fue asesinada sin que ella supiese que iban a hacerlo. Él entiende que el miedo a que unos hombres aparezcan en el umbral o te prendan por la calle es una forma de ir muriendo, porque, al final, dejas de vivir en paz.

Pero al dolor de la pérdida de su mujer, se suma la de sus dos hijos. Es imposible no sentir la ausencia de Mario y Carlos ahora que ninguno corretea por los alrededores ni se producen peleas por los juguetes. Tampoco es posible no sentirse un desgraciado ante tanta soledad, cuando no queda nada que te importe.

Rendido, se levanta y apaga el cigarro en el cenicero. Ha decidido irse a la cama: mañana pondrá fin a su tormento.

Arreglado con una camisa blanca y unos pantalones de traje, se planta frente a la fila de tanques militares. Ningún tripulante sabe cómo ha llegado ahí, pocos le reconocen debido a su aspecto y solo el comandante en primera línea puede confirmarlo: es Eduardo, uno de los ingenieros que trabajó para ellos.

Ese gusano debería estar muerto dice.

Desde la cúpula de observación, contacta mediante el teléfono de intercomunicación con el operador de radio.

Avisa al General: el saboteador de la fábrica de armamento obstaculiza el paso.

Eduardo aferra el maletín y es complicado interpretar su rostro, cubierto parcialmente por un sombrero. Espera con la paciencia de quien ha barajado todas las ofensivas posibles, pero no teme ninguna. Se figura que están estudiando el siguiente movimiento y era tan predecible que lo estimó en su plan. De lo contrario, sabe que ya estaría muerto.

Técnicamente, deberían haberse deshecho de él tiempo atrás, pero alguien debió decidir que era mejor castigo fusilar a su familia. ¿Qué sentido tendría para Eduardo seguir viviendo después de eso? Su debilidad era un secreto a voces y seguramente pensaron que se suicidaría en consecuencia. O que sería uno de los civiles caídos en el día de hoy. Sin embargo, a veces las personas dan sorpresas desagradables.

Me llegan órdenes de continuar, comandante informa el operador de radio.

Recibido.

A través del mismo dispositivo receptor, traslada el mandato al conductor. Después escupe:

¿Qué cojones pretende? Ninguna alimaña frenará el ataque.

Esa alimaña había boicoteado meses antes parte del armamento, elaborando munición defectuosa porque no quería trabajar al servicio de la muerte en ningún bando. Era cuestión de tiempo que descubrieran la traición, pero calculó su margen. Sin embargo, un chivatazo hundió el plan de exilio junto a su familia, quienes todavía no estaban al corriente. A su elevado coeficiente intelectual se le escaparon los ojos y oídos, aparentemente invisibles, que acechaban incluso a las puertas de casa.

El primer carro de combate se pone en marcha, seguido de los demás. Mientras tanto, el comandante vigila al ingeniero por el periscopio, quien definitivamente no va a apartarse.

Si quieres muerte, muerte tendrás sentencia.

A Eduardo no le asusta lo atronador del vehículo ni su amenazadora cercanía.

Se agacha, abre el maletín y, con un gesto de mano que paraliza algunos corazones, alza una fotografía. En ella aparecen sonrientes Carlos y Mario, sus jóvenes promesas, abrazados por la pasión y ternura de Irene. Un símbolo de paz que le costará la vida igualmente.

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