El barbero, por Salvador Tapia

Actualizado: abr 17



El barbero, en un momento de descanso vespertino, abrió con la uña larga del meñique una notificación de la Agencia Tributaria que había pasado a recoger por la mañana en la oficina postal. La redacción con que la Administración suele dirigirse al profano siempre resulta farragosa e impersonal y el barbero, aunque no entendió nada, advirtió un final de página demoledor que rezaba “a pagar tres mil euros”. Entonces se le nubló la vista.

El pago era excesivo para un cuartucho de cinco por tres con tan poco mobiliario. La barbería la “Moderna” había aguantado en pie sus buenos cincuenta años y su sillón Triumph, de brazos de porcelana, estructura de hierro colado mil veces repintada y rejilla tapizada de escay , permanecía erguido en mitad de la estancia. ( Nunca pudo calcular a ciencia cierta la cantidad de individuos que habían ocupado aquel trono presidencial y rotatorio). A parte de esto, el negocio no necesitaba mucho más ,un gran espejo rectangular que ocupe la parte principal con sus estanterías estrechas flanqueando el vidrio, una pequeña jaula con un jilguero que se llamase Carusso y, como decía el barbero, mucho oficio: manitas...manitas.

”A pagar tres mil...” -pensaba-y se le volvía a nublar la vista.

El barbero, con su chaquetilla azul persa, tenía una elevada opinión de su gremio y de sí mismo. Se sentía imprescindible en una sociedad que progresa, ocupando un espacio donde la información, tan vital para el hombre, confluía. Creía haber adaptado el negocio según la evolución de los tiempos a la clientela. A parte de la innovación en la herramienta, cosa lógica por otra parte, había evolucionado desde el Varon Dandy de Parera, hasta las nuevas líneas de agua de colonia a granel Floid Blue. Apostó siempre por las nuevas tendencias en el corte del cabello y, durante su evolución, aprendió maestría en abrir la raya en medio o lateral, melena trasera o incluso afeitar la cabeza a rape. Como profesional, siempre había opinado que los estilos no sentaban bien a todos por igual.

-En cuestión de cabezas hay, como en todo en esta vida, cabezas, cabecitas, cabezones, melones y bacinillas. Y creedme, hay estilos que según a quién, le sientan como el culo.-Y soltaba una carcajada que aunaba voluntades.

Podría haberse leído la historia de España en las paredes de la pequeña barbería la Moderna, desde los calendarios del santo patrón o escenas costumbristas, equipos campeones de liga coloreados en pastel, hasta mujeronas con pechos turgentes y paisajes de la Suiza nevada.

-Cambian los tiempos y cambian los pensamientos -decía el barbero –. Ahora ya no compro Hazañas Bélicas o el Interviú, la gente pide la prensa de casa.

Mientras repasaba su vida, sonó la campanita de la puerta de cristal y entró el cliente de las siete treinta.

- Pasa Manolo, directamente al aposento -dijo el barbero.

Cuando se hubo sentado, cogió con las dos manos la capa celeste de afeitar y dibujó en el aire una verónica perfecta hasta ajustar la tela al cuello. Luego manejó el sillón colocando al cliente en posición horizontal, y se puso frente al mostrador a enjabonar la brocha de piel de tejón insertada en palisandro de Brasil .

- ¿Sabes? Me estoy cansando de todo esto-dijo el barbero hablando hacia el espejo, e iniciando la conversación como otro servicio que ofrecía al público -a veces llego a casa y me dejo caer en el sofá sin probar bocado.

-La edad no perdona –dijo Manolo.

- Ni las varices, ni la diabetes ni el Ministerio de Hacienda -dijo acercándose al cliente con la brocha espumosa en la mano, y le selló sus labios para el silencio monacal del afeitado. Mientras le enjabonaba la cara, Manolo cerró los ojos preso de una relajación casi espiritual y dejó que las palabras del artesano se convirtieran en un monólogo.

-Pues sí, como te decía, las cosas se ponen difíciles y hasta los telediarios parecen una penitencia. Por otra parte, y conforme a la ley natural, los jóvenes empujan por detrás cada vez más y nosotros estamos ya fuera de lugar en esa lucha.

Por un momento, el barbero apartó la brocha de la cara y lo miró a los ojos con el fin de enfatizar:

-Porque oye, yo con setenta no soy viejo...si tú quieres mayor, pero viejo no. A mí me duelen más los impuestos que las varices, fíjate Manolo, lo que yo te diga. No hay gobierno que se acuerde del trabajador y luego nos dicen que Hacienda somos todos. Pues no -enfureció su gesto- los que pagamos solo somos los cuatro desgraciados que dependemos del trabajo, y que cuando llega la hora, no nos queda ni un trocito de terruño donde caernos muertos.

Cuando acabó de enjabonarlo, le apartó el jabón de las fosas nasales y le dibujó con el meñique los labios a fin de que respirara.

-¿Crees tú que por este garito me van a cobrar tres mil euros’?- preguntó el barbero mientras cogía la navaja y la elevaba, para estirar la manga de la chaquetilla.

Manolo abría los ojos redondos como la luna.

-No sé quién inventó ese sistema de pagar por Módulos. Si esto solo tiene quince metros cuadrados . De dónde me calculan el impuesto. Ya le daría Módulos al inventor de todo esto.

Por un momento inspiró hondo y dejó salir el aire lentamente de sus pulmones mientras se dirigía, navaja en mano, a afeitar a Manolo. Ya con voz más tranquila y queda continuó su arenga:

- ¡Venga ya! Que tengo demasiada experiencia. Por este salón, si es que puedo llamarlo así, ha pasado toda clase de gente. Durante mis años de servicio han pasado por mis manos lo más selecto del poder local y sé de qué hablo. Si yo contara...pero soy una tumba...es secreto profesional.

El barbero necesitaba reforzar su ego y se explayó con los recuerdos.

-En aquella época la profesión estaba muy bien considerada. Uno tenía prestigio, afeitaba al médico, al boticario, al veterinario, al juez, al alcalde y al cura. Yo tenía poder...el que mas tenía del pueblo, porque si hubiera querido o se me hubiese ido la olla...mmm...en un corte limpio podría haberme liquidado a toda la oligarquía.

Manolo apenas respiraba cuando el acero le rasuraba el cuello. Ni tan siquiera podía asentir.

-Es más -continuó el barbero-, puede ser que en todo este pueblo no haya nadie como yo, capaz de abofetear a todo el consistorio, al clero y a las autoridades sanitarias y que encima le paguen.

- Hombre, visto de esa manera- respiró Manolo- y si cuenta el masaje después de afeitar... pues sí, tiene su verdad la cosa.

-¿Pero los abofeteaba o no… ei? Pues ahí esta el poder amigo mío.

El artista de la navaja de afeitar, profesional donde los haya, deslizaba el acero con la derecha mientras con la izquierda dirigía la cabeza del cliente a la gana de la cuchilla. Por momentos el barbero paraba, y por encima de las gafas de media caña, observaba la geografía facial de Manolo. Cuando terminó el afeitado, se dio la vuelta hacia el mostrador de donde tomó una toallita mullida con la que limpiar los restos de jabón. Después levantó un poco el Triumph, se puso a su respaldo para dar el masaje final y volvió a hablar con resquemor:

- Ay Manolo, que los barberos somos una especie en extinción engullida por esta sociedad moderna.

El barbero empezó a masajear lo carrillos y cuello del cliente mientras seguía su disertación de filósofo local:

-Ahora triunfan las peluquerías Unisex. ¿Te lo explicas ? Ahí van todos, hombres y mujeres, todos juntos, sin miramiento. ¿De qué hablarán Manolo? Sin la privacidad que damos las de toda la vida. Quiaaaa, allí les da lo mismo carne que pescado o panceta. Yo que pensaba, como es natural, que Unisex, Uni-Sex… osea un sexo, pues eso , que cada cual va donde le toca, hombres con hombres y las mujeres ...pues eso.

Manolo notó en algún momento del masaje la furia desmedida del maestro, aunque no dijo nada y le permitió seguir.

-Hoy los hombres también piden la permanente y los rizados. Ay Manolo, así cayó Roma. Cuando se afeminaron todos. Vaya que sí.

-De las crisis nacen nuevas cosas, nuevas figuras, nuevos tiempos, eso es así querido amigo, no hay vuelta atrás, hay que adaptarse –dijo Manolo mientras enderezaban el sillón y el barbero le quitaba la capa. La respuesta quedó en el aire como una quimera.

-No me queda tiempo ¿sabes?, desde lo del unisex el mundo ha dado la vuelta Manolo, muy rápido. Las peluqueras ya no son peluqueras, son estilistas, los modistas son diseñadoras y yo me pregunto cómo se llamará a los enterradores, ¿gestores de residuos sólidos? -dijo con sorna- No, esto no tiene razón de ser y mira lo que te digo que esto va a misa: a los barberos deberían llamarnos psicólogos, porque si yo te contara...pero soy una tumba, es secreto profesional.

Manolo asintió y metió la mano en el bolsillo trasero

-¿Que te debo ?

-Diez...como siempre.

El último cliente del día desapareció en la tarde y dejó en la barbería un universo de soledad, una oquedad extraña que solo conseguía atravesar Carusso con un leve gorjeo.

El barbero cogió la escoba de palma y se dispuso a repasar toda el área del recinto, mientras escuchaba a un joven Frank Sinatra que desde los altavoces de la estantería repartía al mundo entero la alegría de comenzar una nueva vida. Con un inglés autodidacta cantó un dueto con la Voz:

Estart spriding de niuss

Aim livin tu dei

Ai uont tu bi apart of it

Niu Llorc, Niu Llorc

Dis vagobon xuss

Ar loging tu estrei

Ruai zru de veri jert of it

Niu Llorc, Niu Llorc

Después colocó en su lugar cada herramienta, alineó los peines y las botellas de colonia con la etiqueta a la vista y metió la navaja en su cajita de terciopelo. Ordenó los periódicos y revistas, corrió las cortinas e hizo una cruz en el calendario. Se sentó en el viejo trono mirando al espejo y dejó pasar su vida en un minuto por aquella pantalla panorámica.

-Vamos Carusso, hoy dormirás en casa -dijo cogiendo la jaula y juntos salieron hacia la noche dejando por detrás la puerta cerrada y un cartel visible en el cristal.

CIERRE POR FIN DE NEGOCIO

El barbero se pasa por el forro de los cojones

la crisis, los módulos y las Unisex.






#vacaciones

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