Espérame, por Samuel Pena



Nunca fue una persona religiosa, su familia jamás se había inmiscuido ni mucho ni poco en aquellas creencias; a pesar de eso, siempre se sentía mal por sentirse bien. Soñar con las caricias de otro ser humano es algo muy común, pero él no deseaba las de cualquiera, deseaba las de un hombre.

No se pudo responder a por qué, qué había de diferente en él respecto a los demás muchachos, por qué todos añoraban brazos femeninos y él era la excepción.

En ocasiones se pasaba horas mirándose al espejo, sentado, en silencio, preguntándose qué había provocado su divergencia. “Quizá he pasado demasiado tiempo con chicas” “quizá sólo es temporal” se decía a sí mismo. Pese a su malestar por su orientación sexual, nunca llegó a odiarse, simplemente no podía explicarse por qué él.

Explotó aquel día, cuando su universidad decidió hacerlos participar en una actividad física, un sencillo partido del deporte rey para fomentar la interdisciplinariedad. Al cruzar el umbral de los vestuarios su faz parecía dudar entre palidecer o enrojecer. Unas profundas arcadas por la ansiedad lo atacaron sin compasión. Salió de allí, descompuesto, para volver a casa olvidándose de todo lo demás.

Se quedó dormido escuchando música, deseando una vez más el roce de un hombre. Despertó sin la más remota intención de asistir ese día a las clases, se refugió en sus pensamientos, en sus hobbies, daba igual qué fuera mientras lo distrajera de las preguntas que aquejaban su mente. Todo fue bien durante un tiempo, solo él y sus mundos ficticios en los que no tenía que cuestionarse y nada más. Hasta que se topó con una noticia.

“Dios te hizo así” rezaba el titular. Un reportaje sobre el Papa donde afirmaba que la comunidad LGBT+ no debía ser criticada por la Iglesia. Una carcajada con ganas escapó de su garganta por lo ridículo de la situación. La Iglesia, nada más y nada menos, con un historial como el que tenía a su espalda, podía aceptarlo mejor de lo que se aceptaba él mismo, que ni siquiera había nacido en una familia que siguiera esos preceptos.

Aún con todo, continuó intentando evitar esas ideas a lo largo del día, tal vez lo hubiera logrado, de no ser porque internet no olvida. Pues aquellos algoritmos que detectaron interés en aquel concepto, no dudaron en mostrárselo. Fue a parar al mejor lugar en el que podría haber caído, un exquisito relato de una talentosa escritora, de título: “Tienes que ir al bosque”. Empezó con poco entusiasmo, sin ser conocedor del tema del escrito. Su emoción crecía palabra a palabra, cada vez más sobrecogido, se internó en la historia lésbica de tal manera, que el último diálogo, un triste y romántico “Espérame…” hizo que un par de lágrimas se deslizasen por sus mejillas.

Y como si un pequeño goteo hubiese arrasado con la presa emocional que guardaba en su corazón, a esas lágrimas le siguieron más, y más.

Durante días, revivió una y otra vez esa hermosa palabra, tan sencilla, pero tan cargada de emociones. Pensó que, quizá, no era para tanto, quizá, merecía la pena probarlo, quizá, y sólo quizá, algún día alguien lo esperaría.


#RelatodelaSemana

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