La institutriz, por Lola Pena


El coche que la había recogido en la estación del tren comenzó a enfilar un camino de tierra delimitado por dos filas de exuberantes palmeras. Al fondo, se distinguía un enorme y elegante palacio con un cuidado jardín a sus pies. Amelia aún no podía creer que hubiera conseguido el trabajo. Vivir en un casoplón como aquel había sido siempre su sueño. Estaba convencida de que la vida era como una de esas películas de Hollywood con final feliz. La parte jodida ya la había pasado con creces. Ahora le tocaba la parte buena.

—¿Viene para el puesto de institutriz? —preguntó el chófer.

Amelia vio como el hombre la observaba desde el espejo retrovisor esperando una respuesta a su pregunta. Agitó la cabeza afirmando y volvió a mirar por la ventanilla del vehículo.

—Vaya, espero que tenga más suerte que las otras...

—¿Otras? ¿Qué otras? —Amelia giró la cabeza buscando otra vez los ojos del hombre en el espejo.

—Yo solo llevo dos años trabajando aquí, pero ya es usted la cuarta profesora que traigo a la casa —explicó el chófer—. Todas acaban dimitiendo de un día para otro sin despedirse de nadie.

Al entrar en el palacio una criada, uniformada con cofia y delantal blancos, la acompañó hasta una pequeña sala con chimenea. Allí la esperaba Rosario, la ama de llaves, que era quien se ocupaba de todo lo relativo a la casa, incluso de la contratación del nuevo personal, desde que la señora había fallecido.

—Nos alegra mucho que se haya decidido a formar parte de nuestra pequeña familia —dijo Rosario—. Ya verá, estará encantada. Los niños son un cielo. No le van a dar ningún problema. Usted solo tiene que ocuparse de su educación en los horarios que se fijen. No tiene que hacer nada más.

Aquellas palabras le sonaron a Amelia como música celestial: buen sueldo, poco trabajo, un lugar estupendo para vivir... Su contrato lo ponía todo bien claro. Ella, Amelia Lara Vieira, sería la nueva institutriz de la casa.

—Podrá pasear por donde le plazca del palacio y de los jardines cuando no esté trabajando. Tan solo existe una restricción —advirtió la ama de llaves—. Intente no ir sola a la biblioteca y, si lo hace, que no sea nunca al amanecer.

Amelia observó cómo, de repente, la amigable sonrisa y los chispeantes ojos de Rosario se transformaron en una mirada dura, en una mueca adusta.

—¡Prométamelo! —rogó la mujer.

—Se lo prometo —dijo Amelia, intentando contentarla.

Poco a poco los meses fueron pasando. Amelia ya se había acomodado a su nueva vida. No le fue difícil ganarse el cariño de los niños. Eran buena gente tal y como Rosario le dijo cuando llegó. También había descubierto todos los rincones que tenían el enorme edificio y el bello jardín.

Una tarde Don Jacinto, el señor de la casa, le pidió que fuera a la biblioteca para conocerla. Al entrar allí Amelia recordó la promesa hecha el primer día y no logró entender los recelos de Rosario a que fuera a aquella maravilla de estancia. Todos aquellos anaqueles repletos de cientos de libros, la altura de la sala, los grandes ventanales, los cómodos sillones dispuestos para acogerte en sus brazos mientras lees...

—Esta biblioteca la organizó, libro a libro, mi difunta esposa... Era su espacio favorito del palacio.

—Es un hermoso lugar, señor —dijo Amelia—. Aquí tuvo que ser muy dichosa.

—Lo fue... —afirmó Don Jacinto—. Siempre que quiera puede venir y tomar prestado un libro. Seguro que a ella le hubiera encantado.

—Es usted muy amable por el ofrecimiento.

—Los mejores están en los estantes de arriba del todo —Don Jacinto indicó con su dedo los libros de los que hablaba—. Con la ayuda de la escalera llegará a ellos sin problema.

Amelia, por fin, entendía la extraña promesa que se había visto obligada a hacer. Rosario no quería que nadie entrara en el refugio de su señora. Pero ahora era su marido quien le permitía a ella que fuera a la biblioteca. Así y todo, como no quería disgustar a Rosario, Amelia solía ir de noche, cuando todo el mundo dormía, a buscar a la luz de una linterna algún libro nuevo para leer. En ocasiones, se quedaba un rato leyendo en uno de aquellos confortables sillones.

Hasta que una noche, sin darse cuenta, Amelia se quedó allí dormida. Siguiendo las indicaciones de Don Jacinto, había ido en busca de una de las novelas que él le recomendara. Comenzó a leerla y ya no pudo dejarla. La mala postura en la que había estado fue quien la despertó al sentir una punzada de dolor en la espalda. Las mullidas zapatillas no habían impedido que los pies se le quedaran helados.

La estancia todavía estaba en penumbra. Debía irse antes de que amaneciera. Así que lo mejor sería devolver el libro a su lugar. Amelia se subió a la escalera que le permitía acceder a los estantes superiores para dejarlo. Entonces un rayo de sol entró por uno de ventanales atravesando el globo terráqueo de cristal que había en mitad de la sala. El resplandor deslumbró a Amelia, quien perdió pie cayendo de lo alto de las escaleras al suelo.

No fue hasta las diez de la mañana cuando se dieron cuenta de que Amelia faltaba. Nunca había sido impuntual a las clases con los niños. De modo que todo el mundo se puso a buscarla. Rosario fue la que se ocupó de ir hasta la biblioteca a ver si estaba por allí. Al llegar vio que no había nadie. Tan solo se encontró un libro tirado en el suelo. Lo recogió temiendo que su difunta señora lo hubiera conseguido una vez más. Al leer el título que ponía en el lomo del mismo vio que así había sido: “Historia de la vida de Amelia Lara Vieira”.

Aquella misma noche Don Jacinto entró sigiloso en la biblioteca. Se subió a la escalera y buscó la nueva novela que tenía para leer.

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