La Transición, por Salvador Tapia



-Manda cojones -decía Rovira-, ya llevamos tres años sin saber nada de Alfonsito.

-Los misterios de la religión es lo que tienen. El que se creía Profeta, puede que haya cumplido sus designios.

-Venga Collado, no me jodas, él nunca pensó en nada de eso -apuntó Reme mientras apuraba la cerveza -siempre le has tenido ojeriza.

-No sé, pero la última vez le dicté sentencia cuando dijo aquello de “pronto ya no me veréis y mi reino no es de este mundo”, eso no se me dice a mí que soy un republicano y ateo de toda la vida -dijo Collado, burlón.

La tasca de La Maroma, cervecera por excelencia, era de clase media donde en época de la Transición se servía lúpulo y vino barato a los estudiantes de vaquero, jersey de lana gorda y cuello vuelto. A estos, por lo general, les pendía del pecho una chapa amarilla con cara sonriente y el lema “Nuclear no gracias”. Ellas llevaban un fular al cuello enrollado, como un nido de mirlo, con olor a pachuli y gafas con monturas redondas. Allí no iban los de Derecho, los de al lado, que eran especímenes diferentes, de trenca, jersey de marca y emblemas esmaltados en la solapa. Estos iban a la cafetería de su facultad y llevaban mucha gomina en el pelo.

Apenas faltaba un curso para liquidar Agrícolas y estaba próxima la primavera, la de antes, la que venía de repente, la que florecía sin ser cursi y que permitía tumbarse al sol de la alameda buscando los grandes espacios de grama acolchada.

-A ti también te interrogó la policía, ¿no? –preguntó Rovira encendiendo un Ducados y dirigiéndose a Reme.

- ¿Y a quién no? Fue ese inspector con carita de peticionario del Domund.

- Esos son los peores, te enredan con preguntitas y al final te endosan el asesinato de Kenedy -añadió Collado.

-El cabrón de Alfonsito nos puso en un grave aprieto, claro, ¿cómo le iba yo a decir al poli que era un colgado? Si yo le digo que Alfonsito esperaba contactar con naves extraterrestres para cambiar este puñetero mundo, me encierran a pan y agua por imbécil -apuntó Reme.

-Bueno, no es que yo quiera defender lo indefendible, pero también es cierto que en algunas cosas llevaba razón -dijo Rovira soltando poco a poco el humo del Ducados y mirando con los ojos entornados buscado confirmación.

Collado se hizo el esquivo fijando su vista en el muestrario de botellas detrás de la barra. Reme sacó un clínex del capazo de palma y se puso a limpiar sus gafas con una risa interior.

Las tardes de los jueves en la Maroma eran largas y permitían disquisiciones eternas entre la neblina del humo, los pinchos de tortilla con patata y las cañas. Las mesas había que pillarlas al vuelo, no había reservas. Tenían patas de forja y mármol blanco de los que suena cuando se le repica con la ficha de dominó.

-Lo que era, el tal Alfonsito, era un tonto del culo -dijo Collado encogiendo sus hombros y mostrando las palmas de las manos -, no paso por que justifiquéis sus chorradas. A mí, que un tío me intente convencer, a estas alturas de siglo, que es un reencarnado...venga ya.

A Rovira le costaba asimilar aquellas palabras sin líquido y pidió un chato, al que se sumaron los otros dos. Vino de Requena directo del tonel, acompañado con ración de ensaladilla.

La cabeza disecada del toro que mató Lagartijo en 1875, les miraba desde el otro lado de la barra y pertenecía a un ejemplar negro meano que en su día, debió pesar media tonelada abierto en canal. El tabernero que era nuevo, también los miraba mientras pasaba con un trapo acostumbrado al patinaje una mesa que quedó vacía.

-Piensa lo que quieras, esto va a cambiar y ya no necesitamos agoreros ni monjas ursulinas. El Pueblo se levantará sobre los opresores y los hijos de puta. Veremos de qué lado se encuentra Alfonsito.

- Joder Collado -dijo Rovira intentando hablar sin acaloramiento-, todo lo miras bajo el prisma político. La democracia que buscamos no puede vivir bajo tus listas negras de las putas y sus hijos. Esto sería un gran burdel. Eres un revolucionario que se devorará así mismo.

- Pues yo, fijaros lo que os digo - dijo Reme con parsimonia- estoy pensando… ¿y si tuviera razón?

-¿Quién? -preguntó Collado.

- Alfonsito coño, ¿o es que estamos hablando de Popeye? ¿Y si el universo nos tuviera preparada esta sorpresa? -siguió Reme ajustándose el fular y levantando el índice -que pudiendo...ojo lo que digo, pudiendo ser compatible con todos los principios científicos, fuera posible reencarnarse. De cosas peores he oído. Hace unos años nadie hubiera creído que las ondas viajaban por el aire y mira tú ahora… radio, televisión...ya ves.

Collado se quedó pensativo unos segundos, dirigió la mirada a la cabeza disecada del toro que mató Lagartijo y soltó una sonora carcajada:

-Avisadme -señalando al astado -si este se reencarna de cuerpo entero no quiero estar delante.

Las risas de Collado se fueron difuminando ante la mirada espesa de sus contertulios. Entonces agachó la cabeza y se rió hacia dentro.

-Cualquier día vemos al Alfonsito vestido de Napoleón pagándonos la cuenta -dijo con soniquete burlón.

La tarde caía y de la espita del tonel de vino de Requena pendía una moquita de vino que mojaba el serrín del suelo. Olía agrio, a vinagre. La Maroma se desperezaba, eran poco más de las ocho y solo quedaban tres mesas ocupadas y otra en el fondo a la derecha, junto a los urinarios, con dos personas. Los urinarios siempre se encuentran al fondo a la derecha.

-Bueno caballeros –dijo Rovira emulando la voz de la conciencia- aquí hay uno que se va ya, que tiene el trabajo de leñosos para mañana. Y debe presentar para el lunes lo de fitosanitarios.

-Esa misma condena tengo yo que cumplir- dijo Reme, cogiendo el capazo, mientras se dirigían los tres a la barra hurgando en los bolsillos.

El tabernero, que era de talle fino, les esperaba detrás del mostrador con las dos manos abiertas sobre el mármol y las bocamangas dobladas hacia fuera.

-Está todo liquidado, señores, pagado vamos - dijo ante el asombro de los presentes-. Que les ha invitado el que estaba en la del fondo.

Allí, junto a los urinarios, no había nadie.

-Al parecer salió poco antes y pasó por su lado sin que se percatasen -aclaró el tabernero al ver las caras de sorpresa.

-¡Coño! - exclamó Collado, con los veinte duros todavía en la mano -al menos diría su nombre, ¿no?

- Sí, sí...Napoleón…dijo que era Napoleón.

-El muy cabrón- dijeron Rovira y Reme al unísono. Y con la sorpresa impresa en la cara, clavaron los ojos en Collado, esbozando una sonrisa imposible de disimular.

-Sí, claro- insistió este, herido en el amor propio, mirando al tabernero - y tú seguro que serás Josefina, ¡no te jode!

-No, no señor – dijo el nuevo, estirando el cuello como una garza- yo soy El Lagartijo...Rafael Molina, pa servirle.

Al día siguiente, el Levante y las Provincias llevaban en portada la extracción del pantano de Forata de un Dyane 6 color beige con un cadáver dentro. Completaban la información, unas declaraciones del comisario Romero, insinuando que el cadáver podría corresponder al joven Alfonso Mingues, que desapareció en extrañas circunstancias hace tres años.

El comisario que aparecía en las fotos tenía cara de peticionario del Domund.

66 vistas

MENTORÍA PARA ESCRITORES © 2019

  • Instagram - Negro Círculo
  • Facebook - Black Circle
  • Twitter - Black Circle