Mal de familia, por Roberth Hernández


Con la llegada de Sally y Carlota temí que las cosas iban a cambiar. Movían sus ojos verdes con mucha libertad. La llovizna que producía el cabello largo y azabache, mientras se intercambiaban sobre el trapecio, enamoraba a cualquiera. Ellas lo sabían y, desde lo alto, nos lanzaban una sonrisa de satisfacción. Lo peor era cuando hacían la triple pirueta en el aire. Simulaban que la mano derecha fallaba el agarre del palo; enseguida extendían con delicadeza la izquierda y se salvaban. Todos gritábamos de miedo. Manteníamos la respiración por un buen rato. Las gemelas se gozaban el momento. Nos tranquilizaban con el brillo de sus dientes inmaculados, insinuándonos que eran dueñas de sí. Respiraban emancipación. Una palabra que nunca me ha gustado. Eso me preocupó. Debía actuar, antes de que fuera muy tarde.

Lo primero que hice fue observarlas. Con todos los demás había hecho lo mismo el día que comenzaron esta aventura. Tengo la virtud de comprender la personalidad de alguien, analizando su forma de caminar y de comer. Sally y Carlota se movían con lentitud. Lanzaban la punta de los pies como si estuvieran evitando piedrecillas. Nunca apoyaban el talón. Las nalgas las llevaban en alto. Verlas masticar era un espectáculo. Parecía que medían cada bocado. Los labios se abrían casi imitando una sonrisa. Retiraban el tenedor acariciándolo con ternura, como besándolo. Mi conclusión fue muy clara:

—¡Las gemelas son protagonismo y ternura!

La mañana siguiente puse en práctica mi plan. Confieso que ha sido la única vez que me he vestido de ternura. ¡No miento! Soy un hombre tosco y decidido. Os cuento algunos casos para que me entendáis. Con el payaso gigante fue muy sencillo. Lanzaba los pies hacia afuera como pateando pelotas, aunque no llevara los zancos. No usaba la servilleta en la mesa. Era muy mal educado. Me bastó, entonces, enronquecer la voz y fruncir el ceño. En seguida entendió quién era el que mandaba. Con algunas de las bailarinas noté que necesitaban sentirse amadas. Terminado el espectáculo caminaban cabizbajas. Torcían la boca antes de comer. Transpiraban fastidio. Así que simulé que me interesaba cualquier cosa que hicieran. Les enviaba flores con billetes de falsos enamorados. Me convertí en el consejero de sus amores platónicos. El mago, ese que viste de azul, me lo gané con dos trucos que había aprendido siendo muy joven. Antes parecía un radar mirando por doquier. Tenía el vicio de escrudiñar entre las judías pintas con chorizo. Quedó tan fascinado, que cada vez que inventaba un nuevo truco venía ante mí. Sin mi aprobación, no lo ejecutaba. Con las gemelas entonces dibujé una sonrisa en mi rostro. Me acerqué y les dije que las había soñado. Que las había visto volar sobre unicornios rosados. Que las nubes les servían de almohada. Ellas me correspondieron con sus ojos abiertos de par en par, casi reclamándome que ahondará aún más en mi sueño. Yo mantenía mi voz con un tono suave, les susurraba. Mis ojos estaban entreabiertos como los de un gato agradecido. Fue allí donde me aproveché. Les dije en el oído:

—Os haré vestir de oro y carmesí. Imitareis diosas hindúes con vuestros cuerpos. Vuestros trapecios serán enormes anillos de plata. ¡Seréis las reinas del espectáculo!

Ellas se emocionaron. Daban saltitos sin apoyar el talón. Me abrazaron. Yo sonreía para mis adentros. Sabía que había logrado mi objetivo. Efectivamente, así fue. Hace un rato, Sally y Carlota antes de subir las escaleras para iniciar su exhibición, buscaron con afán mi mirada. Hasta que no incliné la cabeza, en signo de aprobación, no comenzaron. Comprendieron que era yo quien disponía en el circo. Junto a mí obtendría el protagonismo que soñaban. La ternura pasaría a un segundo plano.

¡Ah! No penséis que soy el dueño del circo. Ese que veis en el centro, vestido de rojo con los brazos extendidos, con aires de gran señor. No. Dos minutos con mis leones fueron suficientes para dominarlo. Le dije que le convenía darme la mano todos los días. Yo me encargaría de que su olor fuera reconocido por los felinos. Resultó ser muy obediente. Al saludo diario suma algunos euros y me agradece. Yo vivo feliz. En este circo todos están bajo mi control. No soy presumido. Ni siquiera me veis en la foto. Eso no es primordial. Lo importante es que no he olvidado cómo se doman las bestias. Eso lo aprendí de mi padre. Es un mal de familia.

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