Nadie tenía razón, por Teresa Olalla

Estaba hasta los cojones de cargar con el niño ese. Exhausto tras días caminando, sin GPS ni una triste brújula, no sabía dónde estaba el punto de partida ni dónde el destino.

Calculó que hacía cinco días que no encontraba nada qué cazar o pescar. Todo a su alrededor era nieve. Ya no recordaba a qué sabían las frutas y a menudo soñaba con verduras. Los víveres se acabaron unos tres días atrás. No distinguía entre el día y la noche, así que podrían ser incluso más.


Dejó de caminar. Derrotado cayó de rodillas e hincó la lanza en la nieve helada. Tomó un poco y la masticó con cuidado. Miró al niño, apenas se notaba su respiración, un leve vaho salía de su boca tras cada exhalación. Entonces añoró un café solo humeante…

Una carcajada se perdió en el desierto de hielo. No podía parar de reír recordando cuando estaba tan deprimido en la primavera del 2020 por no poder salir a la calle a causa del COVID-19. Todo el mundo pensó que esa iba a ser la peor crisis mundial. Que ilusos fueron entonces. Ahora únicamente quería llegar a su casa, o a cualquier otro lugar. Le dolía el estómago vacío de tanto reír pero no podía parar. Una lágrima se heló nada más escparse de su ojo, la arrancó del lagrimal. Era minúscula en su gran mano. Recordó el colgante de Swarovski que le regaló a Luz en su tercer aniversario, sus ojos brillaron más que ese cristal. En ese momento hubiera dado lo que fuera por sentir el cuerpo cálido de su mujer.

Trató de levantarse, las piernas le temblaron y las rodillas se doblaron.

-¡Joder! ¡Cago en la hostia!

Comenzó de nuevo su risa nerviosa. No reprimió las ganas de orinar, así por lo menos sentía algo de calor. El pis le recorrió la pierna derecha mientras sus recuerdos se agolpaban desordenados en su cabeza.

Nadie previó que el periodo de baja actividad del Sol que comenzó en abril de 2020 provocara la devastación del planeta en apenas diez años, con heladas extremas que echaron a perder las cosechas. La economía quebró sin remedio. Los gobiernos no fueron capaces de suministrar energía suficiente a los ciudadanos. Sin calefacción, sin luz, sin gas, sin ingresos ni alimentación el pueblo se rebeló. Comenzaron los pillajes, robos, violaciones y la anarquía. No solo el clima cambió radicalmente. La democracia se desvaneció.

Él también cambió, siendo vegano acérrimo ahora era cazador. Él, que en su juventud se manifestó contra el calentamiento global comprendió que estaba equivocado, nadie tenía razón.

Se sentó a observar cómo se le escapaba la vida al niño.

Su mujer y él no querían tener hijos y ahora era responsable de la vida de un pequeño desconocido al que había encontrado abrazado a su madre muerta. Le costó horas separarle de ella, solo accedió cuando Lucas, su perro, se sentó a su lado y apoyó el hocico húmedo en su pierna.

Las exhalaciones eran cada vez más lentas. Ya había visto morir así a Luz. Su mujer se apagó despacio, tardó en morir días desde que cayó en ese letargo. Trató de despertarla, dándole tortas en la cara, pellizcos en las piernas e incluso una pequeña patada. Pero no consiguió nada, su respiración fue cada vez más lenta hasta que dejó de salir vaho de su boca.

Comenzó una nueva ventisca. Sentía el viento cortándole las mejillas, los copos de nieve, cada vez más grandes, le pesaban en las pestañas y las orejas se congelaban debajo de la capucha blanca que se hizo con la piel de su perro cuando murió. Le fue realmente desagradable que no le disgustara el sabor de su carne.

Se acurrucó sobre sí mismo tratando de protegerse la cara. No lograba acostumbrarse al dolor que provoca el frío en la tez, esa quemazón que no da calor, la sangre que se congela nada más abrirse la herida...

Retumbó como un eco de su conciencia la promesa mutua que se hicieron su mujer y él: si alguno de ellos moría serviría de alimento al otro. Él no fue capaz de cumplir su promesa. Cavó durante horas para enterrarla bien. No soportaba la idea de que cualquiera que pasara por delante de ella pudiera morder los pechos que tantas veces él había saboreado. Tuvo una pequeña nausea. Clavó la mirada en el cuerpo del pequeño. Con gran esfuerzo se levantó. Lo cogió en brazos.

- Lo siento - susurró.

Lo elevó por encima de su cabeza y lo insertó en la lanza. Dio un par de pasos hacia atrás, tomó impulso y saltó hacia la lanza con los brazos abiertos.

Sintió por última vez un ligero calor y sus últimas fuerzas las usó para abrazar a aquel niño desconocido.

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