No pienses, por Belén Aznar




Era un 13 de octubre inusual, el frío había llegado a la ciudad de Sodrid más pronto de lo normal y es que ya se hablaba de que iba a ser el otoño más frío desde 2020. Las temperaturas ya no acompañaban para quedarse contándose rumores entre vecinos en el portal o paseando sin dirección alguna hasta la hora en la que sonaba el toque de queda.

No todos los barrios tenían toque de queda, solo los que formaban parte de la zona DAP (Difícil adaptación y problemática) que no por casualidad, coincidían con los situados en la periferia. En cambio los céntricos no estaban etiquetados y por tanto sus habitantes no veían privadas sus libertades en medida alguna. Es cierto que las libertades se habían visto manipuladas desde la revolución tecnológica de principio de siglo, pero en los últimos años con la pérdida de la democracia y la dictadura de la Presidenta Ametla, los derechos de los ciudadanos se habían puesto totalmente en manos del gobierno. La introducción del chip controller obligatorio en personas era la cesión completa de todos los derechos y libertades que conforman a todo ser humano.

En el barrio 205 de la periferia este vivía la familia Carranza. Marisol y Juanma tenían dos hijos maravillosos a los que habían inculcado las palabras “justicia” y “empatía” desde que eran bien pequeños y ahora a sus 18 y 21 años, Caye y Leo, habían demostrado y seguían haciéndolo con sus actos y decisiones. La familia era lo primero y eso lo tenían claro.

Ya lo habían anunciado días antes: esa misma noche a las diez se iban a hacer públicas nuevas medidas restrictivas para poder paralizar las revueltas y manifestaciones. Pequeñas luchas por la libertad, todas ellas se venían produciendo en las zonas periféricas desde hace bastante tiempo y la mayoría, por no decir todas, estaban organizadas por la juventud de los barrios afectados. Sonó la sintonía del telediario y nada más comenzar conectaron en directo con la Monzuela, la Presidenta iba a dar el comunicado. En ese instante, la familia Carranza esperaba expectante, pues los rumores habían hecho que pensasen lo peor y después de más de veinte minutos escuchando un discurso sinsentido y reiterativo, lo dijo.

“Por motivos latentes y por el porvenir de Sodrid, a partir de mañana, 14 de octubre, se privará de libertad de pensamiento a los jóvenes entre 18 y 30 de los barrios 200 a 350. Todo aquel que se extraiga el chip condenará a muerte tanto a él como a su familia.”

Libertad de pensamiento. Resonó varias veces en las cabezas de los cuatro. Los sollozos de Marisol inundaron el salón del piso. Caye y Leo se quedaron sin habla y es que no eran capaces de asimilar que en menos de dos horas desactivarían de sus chips una de las pocas libertades y privilegios que les quedaban. Leo decidió irse a la habitación sin dirigir la palabra a nadie. En cambio, Caye solo pensaba en consolar a sus padres, no había cosa que le preocupase más.

Pasaron los minutos. Lentos. Muy lentos. Pero llegaron las 23:45 y la tensión y el temor habían aumentado a partes iguales en la casa. Leo no salió de la habitación, pero Caye decidió escribir en una libreta todos los pensamientos posibles que le venían a la cabeza para poder leerlos todas las mañanas nada más despertarse.

Doce de la noche. Leo salió a la cocina y la expresión de su cara había desaparecido, era un cuerpo sin vida. Todos se quedaron estupefactos al verle y Caye pensó que eso no podía ser verdad. ¿Había pensado? Se paró en seco y no supo cómo reaccionar, no comprendía la situación, cumplía los requisitos para verse privada de libertad de pensamiento y nada había cambiado en ella. Imitó los gestos de su hermano y le siguió a la habitación, al fin y al cabo lo último que quería era preocupar a sus padres. Se acostó en la cama e intentó dormir, pero no podía dejar de pensar y por muchas vueltas que diese en la cama, según ella, la decisión solo podía ser una. Durante toda su vida le habían enseñado que la familia era lo más importante y no podía permitir que por culpa suya ellos pudiesen sufrir consecuencias.

Marisol se levantó de madrugada, pues los nervios no le dejaban descansar, y cuando entró en el baño solo pudo ver rojo y acto seguido cayó rendida ante el cuerpo de su hija Caye. Todo el barrio escuchó los gritos.

Hoy en día se sigue investigando el porcentaje de chips controller que el gobierno no activó para poder encubrir el asesinato de cientos de familias obreras y evitar con ello el inicio de una revolución.

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