Relato(s) de la semana

Esta semana tuvimos un empate entre dos grandes escritores: Alex Casas y Teresa Olalla. Esperamos que sus relatos les gusten tanto como a nosotros.






Muñecas rotas, por Teresa Olalla


Ramiro era perfecto. Un hombre maduro de éxito, sin cargas familiares que además de guapo era comprensivo. Eso lo descubrió en la segunda cita, cuando no le molestó que rehusase besarle y le pidiera ir despacio.

Debió de ser cosa del destino tropezase con él en aquella fiesta. Terminar la noche paseando por la Plaza de Oriente parecía un sueño, porque sí, Jimena era guapa, conservaba su cuerpo esbelto de bailarina, pero ella por dentro no dejaba de sentirse una muñeca de porcelana mal hecha, cuarteada y harapienta.

Su carrera pudo acabar antes de empezar por su aversión a ser tocada. En el examen de acceso al conservatorio con catorce años escupió y pego a su compañero cuando colocó las manos en su cintura para realizar un porté. La directora, que observó en ella algo más que a una histérica, la llevó a terapia. Allí consiguió tras dos años de llantos, crisis de ansiedad y autolesiones que otro bailarín la pudiera tocar mientras bailaban. Así a los dieciocho años pudo conseguir un papel digno a su talento. Comenzó a sentirse viva hasta que salió con un chico al que no le debió gustar nada que le abofeteara histérica la noche que quiso meterla mano. La empujó del coche y la dejó abandonada en el aparcamiento. Jimena se vio ante un abismo similar al de olvidar la coreografía en plena actuación hundida en la certeza de que nunca podría tener una relación.

Hasta que conoció a Ramiro.

Esa misma semana retomó la terapia. Su psicóloga le recomendó asistir a un grupo de masaje senso-anímico. Solo con oír el nombre sintió un escalofrío, pero su terapeuta, que conocía el desastroso final del grupo de biodanza, la animó, por cómo hablaba de Ramiro, a dar ese paso.

El primer día terminó llorando en un rincón cuando la facilitadora del grupo propuso un ejercicio en parejas en el que debían acariciar una parte del cuerpo de la otra persona. Cuando su compañera le acarició la garganta su corazón se paró en seco para terminar estallando en un latido tan violento que los participantes vieron el espasmo de su pecho.

Ramiro se merecía dar otra oportunidad al grupo.

En la siguiente sesión solo hablaron. En él había otras muñecas rotas, como esa señora de sesenta años maltratada por su marido durante cuatro décadas, con quien el sexo era un martirio. Un crío celebró su mayoría de edad en urgencias con un lavado de estómago por sobredosis de barbitúricos, allí descubrieron que había sido agredido sexualmente por un compañero del instituto. Y estaba Jimena, esa chica de treinta años a la que nadie podía tocar. Le llegó el turno de hablar. Las manos le sudaban tanto que mojó el pantalón tras secárselas en él. Creía que no le llegaba suficiente oxígeno, se esforzaba por respirar, tan rápido que solo consiguió marearse. La facilitadora le marcó las respiraciones. Cerró los ojos para narrar como su madre aceptó que su tío y algunos amigos disfrutasen del cuerpo menudo de aquella niña que soñaba con ser bailarina a cambio de unos cuantos billetes.

El grupo funcionaba. Logró aceptar un cuerpo ajeno fuera del trabajo, así que decidió que era el momento. Compartió con el resto de muñecas su decisión y los nervios que la producía quedar con él.

–Hay un chico –le explicó una compañera –que vende unas pastillas. Las usé una vez para relajarme y conseguir tener una relación sexual completa. –Con disimulo le dio el contacto.

Concertó una cita con Ramiro en el Retiro y al muchacho le indicó a qué hora se encontrarían sentados en un determinado banco, no se atrevía a quedar a solas con ese tipo.

Llegó el día, ambos están radiantes. Caminan riendo hasta que Jimena le invita a sentarse en un banco.

–He de confesarte algo –dijo mirándola fijamente. –El tropiezo no fue casual. Te reconocí.

–¿Me reconociste? – El corazón de Jimena se aceleró.

–Te sigo desde que te vi hace unos años en el Cascanueces. –Sonrió complacida.

Vio a un chico con una camisa de cuadros y aspecto bastante desaliñado. Él guiña un ojo y se sienta al lado de Ramiro, que le mira molesto.

–¿Eres un fanático que me quiere asesinar por retirarme?

–Daño es lo último que quiero hacerte.

Ramiro se acercó lentamente a los labios de Jimena. El pánico la paralizó un instante. Recordó los ejercicios de respiración… Nada. Temía pegarle. Alargó su mano con el billete de 50 euros, el chico de la camisa de cuadros en un movimiento de mago cambió el billete por una bolsita con pastillas. En el momento en que sintió la mano del camello, Jimena tuvo una extraña sensación que nunca había experimentado, un hormigueo, calor, una agradable humedad en su entrepierna. Y esa sensación no la provocó el beso de Ramiro.



Zona de Exclusión, por Alex Casas


– …deseo que este amor que hoy os une, sea más fuerte cada día. No sabéis cuanto os quiero a los dos. Viva los novios– dice alzando una copa.

– ¡Viva! – contestan al unísono los asistentes a la boda.

Se deja caer en la silla. La sonrisa que tanto le ha costado mantener se le deshace en la cara. Toma un sorbo de vino tinto y piensa que si no fuese por la medio verdad del fragmento: “os quiero a los dos”, el discurso que acaba de soltar es pura ficción.

Mientras observa a la novia desde la distancia, en el día más feliz de su vida, toquetea suavemente un pastillero en el bolsillo de su americana.

Una pastilla bailotea en su interior.

Como químico farmacéutico sabe que todo dolor tiene un consuelo.

Para el suyo en particular, ha creado una pequeña obra de arte, capaz de matar de un fulminante ataque al corazón, a las pocas horas de su ingesta.

Sin dolor.

No más dolor.

Sigue observando desde su asiento asignado a la luz de sus infiernos. Ella le ve desde el otro extremo de la sala , sonríe y se dirige hacia él a cámara lenta.

La visión de la criatura más hermosa de su mundo, avanzando hacia él, con ese traje inmaculado, ajustado como si se lo hubieran confeccionado puesto, con esa cola que se agita tras ella a cada golpe de cadera y esa mirada de simple aprecio, le quema las retinas por dentro.

La ama y la odia con la misma furia.

Saca la pastilla, se la acerca a la boca y antes de finalizar el movimiento es derribado de su silla..

-Qué pasa Alberto, puto pagafantas!-. Se le echa encima su amigo Javier en un abrazo mal medido que libera la pastilla de sus dedos, haciéndola volar por los aires. Los dos amigos caen al suelo y la pastilla acaba sumergida en su copa de vino en la mesa.

–Joder Javi, ya vas puesto?– dice Alberto mientras ve una pastilla rodar por el suelo, la recoge y se la guarda apresuradamente en el bolsillo del pantalón.

La novia aparece ante él y le extiende la mano.

La mira desde abajo. Le resulta deslumbrantemente turbadora. Acepta esa mano y se reincorpora. Javi se levanta de un salto y desaparece entre los invitados para seguir repartiendo placajes a sus amistades.

–Vaya, vaya, menuda fiesta lleváis encima– dice la novia.

–Qué va, el loco este que no cambia – dice mientras intenta no agarrarla por el brazo y llevársela para siempre.

–Alberto ha sido un discurso conmovedor. Solo alguien tan especial como tú podría haberlo hecho. Ves como sí? A pesar de tus reticencias eres el mejor padrino que podría haber tenido. Toma – le entrega una copa de vino, toma otra para brindar juntos y dice –bebe conmigo. – Beben. Se abrazan. Él sufre el contacto. Ella le besa en la mejilla y le entrega un “te quiero” que no sabe como recibir.

–Quieres bailar con la novia?– pregunta ella.

–Más tarde. Atiende a tus invitados, anda– contesta Alberto mientras la suelta e intenta enterrar su deseo. Ella desaparece entre los invitados.

Barbacoas entre amigos, aniversarios de boda, bautizos, vacaciones conjuntas, nocheviejas incómodas… Se sentía incapaz de afrontar un futuro así, en la perpetua zona de exclusión, donde la cobardía y la amargura arrasarían su interior. No soportaba más permanecer a este lado de las cosas.

Toma la pastilla del bolsillo de su pantalón y se la traga.

La música entra en mi cuerpo y todo mi organismo empieza a bailar.

Las piernas me incorporan y me llevan derecho a la pista.

Joder que calorazo.

Tanto vino he tomado?

Un vino de putísima madre.

Bailar.

Hace tiempo que no me sentía tan bien.

Temazo.

Weeeeeeee.

Bailar. Gritar.

Mi piel sufre ligeras descargas placenteras a cada movimiento.

Chica.

Nos presentamos.

Bailamos.

Vino.

Intercambio de sonrisas.

Me canta las canciones a la cara.

Su aliento me roza los sentidos.

Besos.

Cuerpo con cuerpo.

Inesperado placer.

Llegado a este punto me parece un gran final para esta lastimosa vida.

Donde estoy?

Donde está mi odio?

Soy fuego y carne.

Joder, no parezco yo.

Un momento.

Esto no puede acabar simplemente así.

¿Donde está la novia?

Le diré antes de irme que siempre la he amado.

Sí.

Ahora o nunca.

Se valiente en el último minuto.

No te lo quedes para la eternidad.

Allí está.

Allá voy.

Mi cerebro no puede registrar la voz de Javi diciendo a mis espaldas mientras cruzo la sala: “mierda , he perdido mi éxtasis, se me habrá caído por algún lado”.

Cuando llego frente a ella y antes de que yo pueda pronunciar una sola palabra detiene súbitamente su baile, se lleva las manos al pecho y se desploma sobre la pista de baile.


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