Resurrección, por Irene Contreras





Un dolor penetrante le sacó de su sueño profundo. En el duermevela, podía sentir los pies y las manos entumecidos, y una extraña presión en la cabeza. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Estaba tiritando. Podía sentir las gotas de lluvia y el viento sobre su piel. No recordaba ni cuándo ni dónde se había quedado dormido, pero sí que no hacía tanto frío.

Un olor extraño, con notas entre lo azucarado y lo picante, le mantenía en un estado de semi embriaguez. El silencio solemne que lo rodeaba fue interrumpido por un sonido rítmico de tambores. Sintió un traqueteo, el vaivén de un movimiento oscilatorio

Entreabrió los ojos con dificultad, pero no conseguía enfocar la mirada. Le pesaban los párpados y una sustancia pegajosa le impedía abrirlos por completo. Podía entrever de forma borrosa una miríada de luces tenues y centelleantes.

El movimiento cesó. Durante unos minutos eternos se hizo de nuevo el silencio para, de repente, dar paso a un sonido de cornetas ensordecedor. Del sobresaltó abrió los ojos y consiguió enfocar la visión.

Ante sí, un caudal infinito de color púrpura compuesto por figuras de semblante humano, y cubiertas con unas capuchas picudas, se movía al compás del redoble de tambores y de la triste melodía que entonaban las cornetas. Intentó moverse, pero un latigazo de intenso dolor se lo impidió. El dolor provenía de sus extremidades. Miró hacia abajo y vio que un clavo de grandes dimensiones atravesaba sus pies, ensangrentados, fijándolos a una tabla de madera. Estaba desnudo, tan solo un paño mal colocado cubría sus genitales. Un dolor punzante le atravesaba el costado izquierdo.

El miedo comenzó a apoderarse de él, el corazón le batía cada vez más rápido. Giró la cabeza a izquierda y a derecha. Al moverla, sintió unos pinchazos en la frente y las sienes. Notó cómo unos hilos de sangre caliente le caían por las mejillas y la nariz. Vio como sus brazos estaban abiertos en cruz, sus hombros dislocados, y sus manos, al igual que los pies, estaban clavadas a un leño.

Al borde de la taquicardia, comenzó a respirar cada vez más rápido, pero casi no le entraba aire en los pulmones. Sus ojos miraban de un lado para otro, sin pestañear, enloquecidos. No reconocía nada ni a nadie a su alrededor. El dolor comenzaba a ser insoportable.

Las cornetas dejaron de sonar. El redoble de los tambores acompañaba rítmicamente el vaivén de aquel río púrpura de figuras encapuchadas que avanzaba lentamente. A sus orillas, se agolpaban centenares de personas que observaban embelesadas lo que estaba aconteciendo.

Un grito desgarrador, sobrehumano, sumió la noche en el silencio. El vaivén se detuvo de golpe. La masa de gente despertó repentinamente del trance en el que estaba sumida y miró hacia arriba.

-¡Esta vivo! , ¡Jesús vive! – exclamó un chico joven.

-¡El mesías ha vuelto! , ¡Es un milagro! -gritó una señora.

-¡Viva Cristo Rey! –gritó un señor de mediana edad.

Un éxtasis frenético se apoderó de la masa. No importaba el sexo ni la edad, todos los allí presentes enloquecieron: comenzaron a gritar, algunos se tiraban del pelo, otros de la ropa hasta desgarrarla. Muchos cayeron de rodillas, llorando como una Magdalena. Los más alejados corrieron precipitándose sobre el epicentro de la acción. Muchas mujeres lanzaban sus rosarios a los pies de aquella imagen que había cobrado vida. Algunos hombres cogían en brazos a sus hijos y los alzaban hacia el milagro. Los más cercanos saltaban y se abalanzaban para poder tocarle los pies ensangrentados. Aquellos que lo conseguían, se untaban la cara con su sangre.

Cada vez que alguien le tocaba los pies, un dolor atroz le sacudía el cuerpo. Sus gritos desesperados de angustia y pánico poco parecían importarle a toda aquella gente delirante que lo rodeaba. Pasados unos insoportables minutos de agonía, sus gritos se ahogaron, la barahúnda de su alrededor quedó relegada a un simple eco lejano, y el dolor se desvaneció. Imágenes de sus últimos recuerdos felices empezaron a pasar por su cabeza: un paseo por una soleada Shalem, la última cena con sus compañeros, el emotivo beso de su mejor amigo…

Antes de cerrar los ojos por última vez, miró al cielo y lleno de tristeza, imploró:

-Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

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