Tienes que ir al bosque, por Teresa Olalla




Faltaban dos días para que la luna se quedara en interlunio. Esa era la noche favorita de las lobas, en la cual atacaban a sus posibles asesinas. Era la primera guardia de Ailish y tenía que ir al bosque. Sabía que podía encontrarse con ella y temía no ser capaz de asesinarla.

No quería estar allí. No quería hacer lo que tenía que hacer. En ese momento no quería ser quien era.

Mientras buscaba huellas recordó la última tarde en la que fue a buscar flores con Eileen. Ella conocía todas las flores y le enseñó sus cualidades, las que eran curativas, ornamentales o venenosas. Eileen quería ser la boticaria. Mientras, Ailish, le recitaba poemas. La cazadora quería ser poetisa.

Esa noche pensó, que, si quedaba algo de aquella niña poeta, quizás quedase algo de la niña que estudiaba las flores. Tal vez podrían permanecer juntas en el bosque, tumbadas, agarradas de la mano, mirando la forma de las nubes como hacían en los días de verano. Tal vez podrían…

Crujió una rama bajo sus pies, la luna menguante iluminaba poco el camino. Cerró mejor su capa roja, el vaho de su respiración delataba su presencia. Caminó con cautela por el bosque, buscando su rastro tal y como le habían enseñado.

“Que no te engañe tu apariencia frágil. Ya no eres una niña.” le dijo su abuela la mañana siguiente de comenzar su primer ciclo. Le entregó la capa roja que la distinguiría del resto. Ese mismo día empezó su entrenamiento como cazadora de lobas. De pronto Ailish debía ser valiente en un pueblo en el que el miedo estaba instaurado como la peor dictadura.

En sus primeros años de vida no fue consciente de ello, pero los padres vivían con temor desde el día en que nacían sus bebés y descubrían su sexo. Muchos de ellos quemaban las sábanas manchadas con la sangre del primer ciclo de sus hijas, pero no se puede engañar a la luna. Si el primer período llegaba en luna nueva la niña, como le ocurrió a Ailish, se transformaba de la noche a la mañana en cazadora de lobas. Todos los padres del pueblo rezaban para que sus hijas no sangraran bajo la luna llena. Las dulces niñas que habían criado escaparían sin remedio al bosque, se unirían a la manada de lobos y se convertirían en las fieras que atacarían a sus antiguas vecinas. Un solo instante en que la luna estuviera completamente visible u oculta por completo, marcaba el destino de aquellas niñas. En ese pueblo las mujeres estaban condenadas pasara lo que pasara.

Ahora debía concentrarse en su misión. Trató de subir una ladera, pero a la mitad pisó una piedra húmeda y cayó hasta abajo. Sintió unos ojos en su nuca. El jadeo a su espalda le heló la sangre. Respiró hondo para dejar de temblar. Sintió que era ella. Se dio la vuelta y la vio, tan hermosa como había imaginado, desnuda como la había soñado.

— Eileen, ¿no te acuerdas de mí? —preguntó con un gramo de fe —. Soy Ailish.

Pero la niña se había convertido en bestia y no reconocía su lengua materna. La loba gruñó.

—Mira —Le mostró la flor que Eileen arrancara aquella tarde para ella y que había guardado como el mayor tesoro.

La olisqueó y gruñó de nuevo mostrando sus dientes. El momento había llegado. La cazadora o la loba. Debían luchar, pero Ailish se resistía a quitarle la vida a quien había anhelado amar.

Su mano temblaba sujetando todavía la flor. Su voz debía parecer firme. Comenzó a recitar el poema que le había escrito:

No nací del fuego, nací de la tierra,

Sin prisa callada, en la noche más oscura.

Solo las estrellas supieron de mí.

Tu naciste para ser de los bosques.

El sol bañó tu piel y tiñó tus cabellos

Que dejaste crecer hasta cubrir tus senos.

El rojo separó nuestros destinos

En noches diferentes con injusto resultado.

Cruel, nos separó antes del primer beso,

Antes de poder descubrir nuestros cuerpos.

Hoy te busco en tu bosque,

Entre luces y sombras y niebla.

Me presentaré ante ti, con las armas bajadas

Venceré al destino, dejarás de ser lobo y yo volveré a ser poeta.

En la última sílaba Eileen se lanzó sobre Ailish, que instintivamente se defendió, clavó su puñal en el costado de la loba que cayó al suelo bocarriba.

Ailish clavó las rodillas junto al cuerpo malherido.

—Espérame —rogó la cazadora.

Corrió desesperada, llorando por el bosque para coger la flor de Acónito, esa flor que Eileen le enseñó que con solo tocarla podría morir. Regresó junto a la loba. Se acurrucó en su cuerpo, frotó sus labios con las flores y con dulzura, por fin, besó a la mujer.

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