Una llamada de auxilio, por Lola Pena




Sé que te debo una explicación a mis respuestas evasivas de los últimos meses. Pero el problema es que todavía hoy en día ni yo misma he podido entender lo que en verdad me ocurrió aquella noche de finales de septiembre. Sin embargo, ya no aguanto más. No puedo ni quiero guardar el secreto por más tiempo. Así que he decidido contártelo. Espero me disculpes que lo haga a través de esta carta.

Como tú sabes, cada día, de un tiempo a esta parte, suelo salir a pasear después de cenar hasta la alameda que queda cerca de mi casa. Bueno, pues, la noche de la que te hablo en particular iba andando tan distraída, cavilando en mis cosas, que no me percaté de una cuerda que había extendida en el suelo hasta que enredé los pies con ella y caí de bruces. Lo primero que pensé, cuando logré incorporarme, fue qué narices hacía aquella soga en medio de la nada. No le di ninguna importancia a que hubiera acabado toda manchada de tierra. La curiosidad ya crecía en mi interior pidiendo paso como un caballo desbocado. Así que decidí seguir el rastro a ver adónde me llevaba.

La cuerda continuaba serpenteando por el suelo como un alargado réptil que dejaba ver su cuerpo de vez en cuando entre las hojas secas hasta llegar a un claro entre los árboles. Allí perdía su horizontalidad para alzarse en una vertical recta hacia el cielo. Poniéndome a su par, alcé la cabeza para ver a qué lugar ascendía, tiré de ella y aprecié que estaba firmemente atada a la Luna. Cómo era eso posible, te preguntarás. La verdad es que yo tampoco lo sé. Lo que te puedo decir es que la tenía tan cerca de mí que parecía que casi podía tocarla con la mano. Hasta estiré el brazo para ver si la alcanzaba con la punta de los dedos.

Una ráfaga de viento movió la hierba que tenía bajo mis pies invitándome a tumbarme sobre ella. En esa posición me sería más sencillo y cómodo disfrutar un poco más de la cercana compañía de la Luna. Ahora la tenía frente mí, a pocos metros. Estábamos cara a cara, observándonos la una a la otra. Fue así como reparé en algo que me entristeció bastante. La Luna no brillaba tanto como yo hubiera esperado que lo hiciera. Parte de su superficie estaba sucia con unas manchas negras parecidas al hollín que liberan las altas chimeneas de las fábricas. Entonces pensé que debía hacer algo al respecto. Las causas perdidas son mi debilidad, tú siempre me lo dices.

Apurando el paso todo lo que pude, regresé a casa. Tenía que recoger los utensilios que iba a necesitar en mi expedición lunar. Me harían falta una escoba, un recogedor y unas cuantas bolsas de basura. Mi traje de astronauta, el que había usado para disfrazarme en el último carnaval, me esperaba en el desván de mi casa dispuesto para aquel viaje espacial tan peculiar.

Al llegar otra vez al claro entre los árboles, tiré de nuevo de la cuerda. Quería asegurarme de que estuviera bien enganchada a la luna antes de aventurarme a aquel sin sentido que iba a emprender. Como pude me até todo el material de limpieza a la espalda y comencé mi ascenso. Primero la mano derecha, después la mano izquierda un poco más adelantada, la cuerda entre los pies. Arriba, arriba... hasta que llegué a la superficie lunar.

No daba crédito a lo que me estaba pasando, pero allí estaba yo, sobre la Luna, dispuesta a barrer de su superficie toda la suciedad que la humanidad habíamos ido lanzando al cielo para que al final acabara sobre ella. Quería dejarla tan limpia como siempre había estado para que volviera a brillar con fuerza, a reflejarse en el mar orquestando las mareas. Pero debía apurarme. No faltaba mucho para el amanecer, para que la Luna desapareciera hasta el día siguiente. Así que me puse manos a la obra. No podía perder más tiempo si quería hacer un buen trabajo.

Han pasado ya unos meses desde que viví aquella maravillosa experiencia. Cuando miro a la Luna y la veo brillar es como si un poco de mí formara parte de ella. Nunca hasta hoy me he atrevido a contarte mi historia. Sé que es muy difícil de creer y entiendo que no lo hagas pero, confía en mí, pasó tal y como te lo cuento. Además, creo que te debía una explicación del por qué de mis largos paseos al final del día. Cada noche regreso hasta el claro entre los álamos. Por una parte, deseo que vuelva a estar allí la cuerda para poder disfrutar otra vez de tan hermosa y gratificante vivencia pero, por otra parte, sé que es mejor que la cuerda no esté. Eso significa que la Luna está bien, que no tiene necesidad de pedirme auxilio de nuevo.

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