Vueltas de la vida, por Belén Pascual


Una mañana de abril de 2020, en pleno estado de alarma, mientras Marc se encontraba envuelto bajo la música de brain.fm en los escasos metros que le prestaba la Escuela de Emprendedores, sumergido en la mejora del algoritmo para que el programa ofreciese resultados aún más precisos, fue interrumpido por un hombre trajeado que tenía la cara cubierta por una mascarilla negra con la banderita española cosida en la esquina. El hombre se paró en seco en la puerta y preguntó:

–¿El Señor Almeida?

Marc asomó su cabeza rizada por encima de sus dos pantallas un poco anonadado, al igual que el resto de sus empleados y titubeó.

–Sí, soy yo.

Sonó ridículo. No sabía si era miedo o respeto, pero la visita de ese hombre no le hacía ni pizca de gracia. Y es que a Marc le ponía nervioso, no saber qué pasaba, no tener algo bajo su control y conocimiento le superaba.

–Soy el agente Gutiérrez, pertenezco al departamento de seguridad del Ministerio de Interior. Encantado.

En ese instante, Marc solo acertó en asentir repetidamente con su cabeza, pues el hecho de no entender lo que estaba ocurriendo y el porqué de la situación le dejó sin habla. Acto seguido, Marc acompañó al agente a una de las salas de coworking disponibles, se sentaron uno frente al otro y este último se limitó a tirar con desdén sobre la mesa la última publicación de la revista The Economist. Descolocado se quedó Marc, frunció el ceño en señal de desconcierto. Él no había leído esa revista en su vida. De algo le sonaba, pero no sabía de qué.

–Abra por la página dieciséis.

Marc no dudó, cogió la revista y abrió por donde le había indicado el agente. Entonces ató cabos y se acordó de qué le sonaba la portada, un pajarito le había informado de ello esa misma mañana. En esa página había un artículo desgarrador, que podía perturbar a todos los ciudadanos españoles, de todas las clases económicas a partes iguales, pudiendo llevar al gobierno español a la deriva sin ningún tipo de miramiento.

Marc leyó en silencio, concentrado en cada frase y releyendo aquello que no pensaba que fuese real, a la vez que tenía los ojos penetrantes sobre él del agente Gutiérrez. Cuando acabó de leer y digirió todas y cada una de las palabras, levantó la cabeza y le aguantó la mirada al agente, de la que obtuvo una respuesta cruda.

–Todo lo que has leído es cierto, los grandes empresarios de este país, Ania Mocasín, Aurelio Artega y compañía dirigen el cotarro junto con el gobierno, llevando a los ciudadanos a donde ellos quieren, como y cuando ellos lo deciden. No es algo malo, hay que controlar al rebaño, pasearlo con correa, pero lo jodido es que salga a la luz.

–Bueno, ¿qué tengo que ver yo con todo esto?

–Mucho señor Almeida. Queremos que nos ayude a hacer más real lo que dice este artículo. Su programa informático nos permitirá controlar, enviar mensajes subliminales, dirigir e interceder en las decisiones de los españoles y para ello, tengo una oferta que no podrá rechazar.

–Diseñé mi programa para ayudar a la gente, no para controlarla.

–Lo que va a hacer es mucho más honorable. Va a ayudar al gobierno, a los grandes y en consecuencia a la gente a que no pierda la esperanza en el sistema. E incluso hará que la ciudadanía no malgaste tiempo pensando en cómo hacer las cosas mejor.

–Disculpe, pero no creo que pueda ayudarle.

–Es bonito emprender, ¿verdad? Pero no sería tan bonito si a los seis meses de empezar se viese arruinado y toda su inversión se viese echada a perder, ¿no cree?

Debajo de su mascarilla, Marc apretó los labios de la impotencia y vio que su sueño se estaba viendo amenazado por un hombre trajeado. Con los puños apretados bajo la mesa, observó cómo el agente Gutiérrez se levantaba, le tiraba su tarjeta y se iba hacía la puerta. Cuando cogió el pomo, se giró con arrogancia y le dijo: –Detrás está la oferta, en cuanto la lea, me llamará.

Marc se quedó solo en la sala, embriagado por todo lo que acababa de ocurrir, se echó hacia atrás, miró hacia el techo y ni él mismo se podía creer que estuviese dudando en dar la vuelta a la tarjeta. Lo pensó una, dos, tres veces y alguna que otra más, ¿para qué engañaros? Alargó la mano, cerró los ojos y le dio la vuelta a la tarjeta. ­

Abrió los ojos temeroso, expectante de la cifra que se podía encontrar. Sorpresa. Estaba en blanco.

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